Mañana de desfile, tarde de reflexión
Las frías imágenes -la plebe estabulada en la distancia estratégica- y el fondo sonoro extraoficial del desfile -el expeditivo lenguaje de una calle que ocasionalmente se resiste al monopolio-; el blindaje de la casta política -salones de primera y segunda asépticamente separados en palacio- y el autismo o el cinismo de un Gobierno que no ve sebes –“la única revolución pendiente es la del respeto” tienen el cuajo de decirnos-... todo esto -episódico y local- y mucho más -crónico y sistémico- pone en triste evidencia nuestra triste situación.
Que en España estamos pasando una de las épocas más negras de nuestra reciente Historia creo que es un hecho en el que coincidimos una abrumadora mayoría de los integrantes de esta sociedad que languidece en equilibrado desequilibrio entre la modorra y la crispación. Razón esta última por la que hay dos interpretaciones diametralmente opuestas acerca de las causas, sustancia y responsabilidades de esta caída en barrena que nos está haciendo cada día que pasa más pobres, más amorales, más tristes; más desnortados dentro y más insignificantes y descaradamente ninguneados fuera, en un contexto internacional que tampoco pasa por sus más ejemplares, estimulantes e ilusionantes momentos. En este punto podría evocarse el mezquino pero lenitivo recurso al “mal de muchos”, si no fuera porque el mal que padecemos tiene mucho menos de infeccioso (que también) que de endógeno y metastásico: pocas naciones parecen malcuidarse y malquererse tanto como nosotros.
Con la excusa que a uno le brinda poder desdibujarse dentro de una mitad del noble pueblo español (esa mitad que, para nuestra desgracia -y quizá para la desgracia colectiva- suele perder elecciones aunque episódicamente hasta las pueda ganar por mayoría absoluta) creo que nuestro hundimiento comenzó un 11M de turbia pero exitosa autoría catalítica. “In crescendo pericoloso” podemos dotarnos nosotros mismos de conciudadanos ascendidos a administradores y gobernantes, a gobernantes no infrecuentemente mediocres, bluffs decepcionantes, malos y tóxicos, inanes y traidores o nefastos, falsarios, psicóticos y destructivos, pero el problema no dejamos de serlo nosotros -los votantes- con nuestra estabulación hooliganesca y con nuestra irresponsabilidad apatriótica -dentro de lo inexcusable-, o con nuestra desinformación endémica -con la atenuante de estar inmersos -y ocasionalmente indefensos- en un campo de fuerzas mediáticas mayoritariamente contaminado, vendido y comprado por el sistema (situación crítica esta que podría reivindicar la cara amable y heroica de ir por la vida de antisistema, ¿o no?).
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