Los pactos
El pacto de Estado no interesa a todo el Estado, y hasta se puede vender al Estado y seguir cobrando paga del Estado. Ni tampoco causa vergüenza eso de “donde dije digo, digo Diego”. Para qué hablar del pacto de honor, si eso ya ni lo conocen las nuevas generaciones, y más vale no mencionarlo porque se nos reirán. El juramento de un cargo público sobre la Biblia no exige saber a qué compromete la Biblia; si el compromiso es sobre la Constitución, ya se arreglará con alguna ley en contra de sus principios, y si no pues como en algún país español, donde no se jura ni lo uno ni lo otro, aunque sea España la que paga. Me imagino cómo se juraría ahora un servicio militar obligatorio.
Poco a poco se va rebajando el nivel de conciencia sobre lo que se jura o promete. ¿Por qué?, en parte debido a los malos ejemplos, la sociedad evoluciona del mismo modo hacia el yo por encima del bien común y contra todo pacto, compromiso o acuerdo. El pacto del matrimonio es hoy tan inseguro que hace pensar en un trámite como papel mojado. El 60 % acaba en divorcio, más un porcentaje de los que no pueden divorciarse por motivos económicos. Situación desesperada que puede llevar a la violencia, problemas para los hijos si los hay, y graves depresiones.
Otro pacto menoscabado por intereses es ese pacto de la ley donde incumple la ley misma. Por ejemplo la ley de la propiedad privada. Según el artículo 33 de la Constitución Española: “Nadie podrá ser privado de sus bienes y derechos sino por causa justificada de utilidad pública o interés social, mediante la correspondiente indemnización y de conformidad con lo dispuesto”. Pues si no le ponemos siete llaves y tres alarmas a nuestra casa... En fin, menos mal que aún nos queda el pacto que podemos hacer con Aquel que cumple contra toda trampa o traición: porque él ha dicho: “Nunca te dejaré y jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5). ¿Cómo entrar en ese pacto? Jurando sobre la Biblia, pero, ¡ojo!, la Biblia, no doctrinas humanas.
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