El muchacho
Cuando yo era pequeño, teníamos en mi casa un burro de raza zamorano muy guapo (dentro de la belleza de los burros). Tenía las orejas muy grandes y las dirigía siempre hacia mi padre, los ojos de color negro azabache y la nariz blanca como la nieve. Le llamábamos “el muchacho” y aunque no nos respondía cuando le hablábamos, se fijaba mucho y parecía que lo entendía todo.
Todas las mañanas yo era el encargado de llevarle la comida que consistía en una lata de cebada y otra de salvado, porque, si le daba las dos de cebada, decía mi padre que se ponía “alegre”. Yo no entendía por qué el “muchacho” tenía que estar triste, pero bueno, lo decía mi padre.
Tenía el “muchacho” una marcha hacia delante lenta. No tenía prisa. (En los pueblos nunca teníamos prisa, no teníamos reloj y nos regíamos por la hora solar), Todavía tenía otra más lenta que era cuando iba comiendo y andando al mismo tiempo por el camino.
Mi padre, que era carpintero, le construyó un carro a su medida y nos íbamos a la hierba subidos en él.
Un día el “muchacho”, al sacarlo de la bodega donde dormía, vimos que estaba cojo. Llamamos a Carzana para que lo viese y al explorarlo dijo que tenía un tendón “descabalgado”. Le estiró la pata y al momento se puso andar como si nada le hubiera pasado.
La relación que tuve yo con el “muchacho” fue de verdadera amistad. Le acariciaba la cara y para fastidiarlo le soplaba en las orejas. (No le gustaba y me miraba con reproche).
Fuimos creciendo los dos al mismo tiempo y un día el “muchacho” se acostó y ya no se volvió a levantar. Yo le llevaba la lata de cebada, pero, al tercer día, ya no me la quiso. Murió al amanecer y fue hacerle compañía a su compañero “Platero”.
A veces, cuando miro al cielo de los burros y le hablo, siento que alguien dirige las orejas hacia mí y me escucha con atención.
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