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Mi patria confitera

20 de Octubre del 2023 - Alberto Busto García (Avilés)

Una de las cosas que más eché en falta cuando marché a estudiar a Madrid fueron las confiterías. "Parece mentira", me decían mis padres, "que no vayas a tomar algo a una confitería el fin de semana, aunque sea". Creí que tenían razón y me aventuré a hallar una por mí mismo. En una de mis primeras expediciones por la capital, todavía desubicado y sin alejarme demasiado de los lugares más emblemáticos, busqué sin éxito el atisbo de una confitería donde entregarme al dulce, pero todo lo opacaban cadenas o, a lo sumo, las típicas cafeterías donde te clavan 6 euros por una porción exigua de "carrot cake", "cheesecake", si acaso una "cookie", un "cupcake", un "brownie", etcétera. Reparo en que también cuesta encontrar comercios tradicionales entre el enjambre de cadenas, que para entrar a la famosa Mallorquina hay que tragarse una cola kilométrica, y me voy.

Rendido, decidí preguntar a compañeros de mi universidad que sí eran de Madrid, pero no les quedaba muy claro a qué me refería con lo de confitería, si era lo mismo que una pastelería o algo distinto. Al no ponernos de acuerdo, recurrí a los asturianos en la diáspora, a ver si me desvelaban en qué parte de Madrid se podía encontrar lo que en Asturias entendemos por confiterías, un comercio de los de toda la vida, donde se venden tartas, pasteles y bombones artesanos, dotado con un salón de té. Todo en vano: "Soy asturiana, llevo seis años en Madrid y confirmo que no hay confiterías. Al menos, como las entendemos en Asturias".

Pues no, no hay confiterías en Madrid. No las nuestras. Aunque cueste creerlo, el concepto de confitería que tanto abunda en Asturias y otras partes del norte de España es una rara avis más allá de cierto punto. Como me dijo la dueña de una reputada confitería de mi zona, la realidad es que las confiterías tradicionales están en retroceso y hay pocos maestros confiteros; incluso hay ciertas técnicas que ya son difíciles de encontrar, me señaló mientras degustaba una palmera hecha con hojaldre de manteca. Creo que vale la pena reconocer como tal esta cultura confitera, que como consumidores la apreciemos y la pongamos en valor. Si para mí hay algo que caracteriza el "estilo de vida asturiano" es, ya sea después de un día de ruta o para desayunar o merendar fortuitamente, detenerse en una confitería de las de toda la vida y vacilar unos instantes antes de escoger el pinocho, el pionono, el petisú, el milhojas, la bomba, el carbayón, el bartolo o aquel otro de manzana. Sin duda, un elemento más que destacar dentro de nuestro paraíso cultural. Y si uno es llambión, más todavía.

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