Santa Teresa de Jesús Jornet y sus hijas
Esta santa nació en Lérida, el 9 de enero de 1843, y murió en Valencia, el 26 de agosto de 1897. Leí su biografía de chaval, y me enamoró por su sencillez de vida. A los 54 años, fundó la congregación religiosa de las Hermanitas de los Acianos Desamparados, en Barbastro. A su muerte dejó 103 asilos entre España y América. En la actualidad cuenta con más de 2.200 religiosas, que atienden a más de 20.000 ancianos en 204 residencias, en 21 países de 4 continentes. En Perú las conoció mi hermano, y un servidor tuvo la suerte de vivir, frente por frente, en la C/ Alcalde Parrondo, 27, de Pola de Siero, donde las conocí de cerca. No tanto como ahora, cuando he tenido la suerte de que me acogiesen en su "hogar", en esta noble Villa de Avilés. Donde tengo la suerte de vivir bajo sus cuidados corporales -nada nos falta en esta santa casa- y, sobre todo, espirituales; con iglesia propia -abierta todo el día- y con capellán. Gozando de misa diaria, rosario y administración de los Santos Sacramentos, a quien los necesita, solicita y quiere -ellos o sus familiares, en su defecto-, pues la libertad de los residentes es sagrada en este hogar...
Destaca, sobre todo, su atención a los más necesitados. Pues de todos los ancianos que recibimos atención (unos 250 aproximados) somos una minoría los que nos mantenemos plenamente autónomos. La inmensa mayoría necesitan una atención total: desde darles de comer, administrarles las medicinas, hasta la ayuda total en su higiene...
Siempre admiré a las religiosas de todas las órdenes. Y a estas hermanitas, desde que las conocí, allá por 1998 -ya las admiraba desde que leí la biografía de la santa fundadora-, y ahora que vivo en su hogar comprendo el porqué: no solo nos entregan su vida (eso lo hace cualquier persona por diversos ideales), ¡nos entregan todo su amor -por Dios y por el prójimo, nosotros, en quienes ven al mismo Jesús-.
"Por sus frutos los conoceréis" (Lc. 6, 16). Es lo que tengo que decir a cuantos reprochan algo a la Madre Iglesia Católica, ¡pues son innumerables los árboles que dan fruto, por alguno que hay estéril!
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