Ya no como siempre
Siempre ha estado ahí y ahí sigue estando, pero no como siempre, la naturaleza, digo. Y utilizo el siempre en referencia al tiempo, no a su estado. Para referirme a su estado, constantemente habría de decir como nunca, puesto que está en constante evolución y, ahora mismo, ya no es la misma que cuando comencé a escribir hace unos segundos.
Nunca ha tenido problemas, la naturaleza, insisto, porque, entre otras cosas, no había quien los registrara. Llegó el registrador, y a tomar por el... su candor. Siempre tan despiadada como equilibrada, y el o lo que se desequilibró se jodió, hasta ahí llegó. Lo que a ella le pasó cuando el hombre apareció.
Se acabó el equilibrio auspiciado por la indiferencia y comenzaron los desastres manejados por la injerencia. La inteligencia marca la fatal diferencia.
Aquí está este carajo, con los sentidos para apreciar y la inteligencia para ¡tratar! de saciar, ¡y!, sin frenos para parar.
El hombre, una especie insaciable nacida con la pretensión ¡y la querencia! de gobernar todo. Algo imposible, puesto que el todo es infinito y el hombre, como he dicho, es insaciable.
El hombre, de ser la mitad de inteligente que supone, aplicaría su principal esfuerzo a resolver su, como es lógico, principal problema: dejar de joderse a sí mismo.
Dicho hasta la saciedad, lo primero para resolver un problema es reconocerlo, y lo segundo plantearlo para resolverlo.
El reconocerlo, el verdadero problema del hombre, es de Perogrullo. Para pelear se necesitan dos y, siendo ocho mil millones... Anda que no hay para pelear. De manera que seguimos con Perogrullo. Puesto que son necesarios dos para pelear, habiendo 197 (países, según me ha dicho internet) anda que no hay para pelear.
De Perogrullo: la Tierra un solo país y perro a cagar. Principal problema de la especie resuelto.
Pero ya se ve. Y que el hombre es inteligente...
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