Granada, tierra soñada por mí
"Dale limosna mujer, que no hay nada como la pena de ser ciego en Granada". El que visita Granada puede comprobar la certeza de esta extraordinaria metáfora, pero puede ser que quien haya vivido toda su vida en Granada mire sin ver o vea sin mirar. Sí, el devenir actual se lo traga todo, llegando incluso a cambiar el paisaje y el paisanaje. Supongo yo que cualquier ciego con poder capaz de arrasar lo que quede de belleza en el paisaje y el paisanaje no merece la limosna. Ni siquiera una promesa progresista como sería nivelar la próxima subida de pensiones justificaría vender Granada (y lo dice un jubilado bajo mínimos). Antes, España despertaba amor, su paisaje, su cultura, sus gentes... ahora estamos a punto de entregar Granada a una plurinacional. ¡Adiós, Granada!, ya no volveremos a verte.
Un país ciego es el que no valora su legado. Como he dicho alguna vez, un día llegué a la conclusión de que debía respetar la ley del César, pero no involucrarme en sus decisiones. Es necesaria una Administración, y el ciudadano debe colaborar como tal, como ciudadano, pero sin perder la vista a cambio. Jesús dijo: "Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". Damos al César la contribución para una educación en materias, pero no es natural que el César administre la moral de mis nietos al pairo de sus intereses; para ellos hay una Granada espléndida de cualidad humana, brillante de belleza en sus valores y principios, y llena de esperanza de un mundo mejor: "Entonces el Rey dirá a los que están a su derecha: 'Venid vosotros, los que habéis sido bendecidos por mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo" (Mateo 25:34). Padre nuestro, venga tu reino y hágase tu justa, magnífica, maravillosa, voluntad en la Tierra. Ayúdanos para que no nos quedemos ciegos mientras tanto.
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