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Impertinente y machista

6 de Noviembre del 2023 - Pablo Sanz Martínez (Oviedo)

El domingo pasado, en la sesión de cine que ofreció “Radar” en el teatro Filarmónica de Oviedo, asistimos a un incidente curioso cuando menos. En mitad de la película, una mujer saca su teléfono móvil y se pone a wasapear (por desgracia es algo que comienza a ser habitual). Un espectador sentado en la fila posterior le pide por favor que lo apague. La mujer se revuelve y le espeta, es usted un impertinente, y sigue wasapeando un rato antes de apagarlo. Termina la película, y al encenderse las luces la mujer se vuelve de nuevo hacia ese señor, increpándole duramente por su llamada de atención, amenazando con poner una queja en el local. El hombre, callado hasta ese momento, le recuerda que siempre se advierte al inicio de la sesión de la necesidad de apagar los teléfonos móviles, a lo que ella responde que lo tenía apagado porque no sonaba (curiosa manera de poder manejar el artefacto de ese modo), que mucha gente como ella estaba con los cacharros encendidos (falso, admirablemente solo se vieron tres o cuatro personas consultando muy brevemente la hora, y únicamente se escuchó otro sonando), que tenía que responder a un familiar. El hombre insiste en afirmar que estaba molestando (asienten otras espectadoras de la misma fila, que confiesan no haberse atrevido a llamar la atención a la individua por el mismo motivo), que a una sesión de cine no se viene para eso. Respuesta de la señora, erre que erre en su postura cargada con toda la razón del mundo, totalmente alejada de toda disculpa, de todo reconocimiento de su incivismo, ya mezclándolo todo: es usted un machista. Delirante. Una azafata del local trata de calmar los ánimos, haciéndole ver a la señora, muy diplomáticamente, que, efectivamente, podía estar molestando... El hombre baja las escaleras indignado, mascullando ¡me ha llamado impertinente y machista porque le he dicho que apagara su maldito teléfono! Y el pobre se aleja furioso.

Más allá del lamentable espectáculo, sobre todo por la absoluta incapacidad de aquella mujer en reconocer o disculpase de su proceder tan poco cívico (dice mucho de qué sociedad estamos construyendo desde nuestro individualismo cada vez más sagrado, feroz y ofendido encima), quisiera aprovechar estas líneas para sugerir a los responsables culturales de nuestra Administración la necesidad de ser más contundentes en el recordatorio de hábitos sociales correctos, respetuosos y educados. Porque ya no es suficiente con advertir de la necesidad de apagar los teléfonos móviles. (Por cierto, habría que recordar qué significado tiene el verbo apagar.) Hay que proclamar con firmeza, en campañas publicitarias de toda índole, que al teatro, al cine, a la ópera, a los conciertos, etcétera, no se asiste para wasapear, ni para visitar tiendas virtuales, ni para comprobar cuántos “me gusta” has recibido por tu última ocurrencia. Además, mostrar en público, de una manera tan descarnada y obscena esa dependencia tan adictiva al móvil, resulta igual de patético y deplorable que contemplar trastabillándose por las calles a un alcohólico o a una drogadicta.

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