Hematuria
El proceso de investidura lleva unos días atascado en Bruselas. Ahí tienen a Sánchez, rodilla en tierra, ofreciendo el anillo de pedida mientras la novia, Puchi, muy tiesa, hace remilgos y deshoja una margarita con más pétalos que un crisantemo. Para algunos, la culpa del parón la tendría Bolaños, que, actuando con exceso de celo, le regaló de golpe (nunca mejor dicho) todo lo regalable a Junqueras (amnistía, relator, Rodalías, y un anticipo de quince mil millones como dinero de bolsillo). Resultado: el manirroto de Bolaños dejó a Cerdán con las manos vacías ante un bulímico Puigdemont.
¿Alguien piensa que los de Junts le van a regalar a Sánchez siete votos por su cara bonita? Así que a rascarse los bolsillos y estrujar la imaginación para ver si queda de qué echar mano: el aeropuerto del Prat, los inmuebles del Estado... de momento la amnistía ya se está estirando de modo que cubriría hasta el pecado original, por poco que se demuestre que Adán y Eva eran tan catalanes como Isabel la Católica y Colón.
Me sorprende que en las explicaciones en curso se olvide precisamente la clave de la demora. Desde el inicio de las negociaciones, desde el día siguiente (si no antes) del 23J, Puigdemont había estampado su rúbrica como condición infranqueable para la investidura. Nótese que rúbrica viene de “rubrum”, rojo. Y roja es la condición del prófugo: Sánchez “meará sangre” antes de alcanzar la investidura. Echen un vistazo y comprobarán que esa “rúbrica” salpica las hemerotecas desde los primeros días de agosto.
En el Vaticano, la “fumata blanca” precede al “Habemus papam”. En Moncloa no habrá investidura mientras no se tiña de rojo el flujo mingitorio de Sánchez. Venganza obliga. “Last but not least”, la sangre que fluya será de los ciudadanos y contribuyentes. Sánchez solo sostiene el caño. O lo que se llama “estar en funciones”.
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