En Gijón sobran árboles. Y en Oviedo
El último tramo de la calle Corrida es un túnel oscuro, sombrío y frío, con unos magnolios excesivos que no se sabe qué aportan. ¿Sombra? Ni falta que hace, no entra un rayo de sol y quienes toman su café o chocolate con churros en esas terrazas tiritan de frío.
En 1951 había allí unos arbolitos amables, de hoja caduca, en un ambiente que a mediodía y con sol era una gloria, con las pequeñas mesas de los cafés y unos zagales gritando los periódicos de la mañana. Yo les di la tabarra a mis padres porque quería vocear periódicos. “De acuerdo, duerme tranquilo y mañana lo solucionamos”, me dijeron. Hasta hoy. Y ese tramo lo han convertido en un lugar inhóspito por el que hay que transitar a paso ligero para no quedarse momificado. Serán de Marbella los ideólogos de la cosa. Que alguien meta una buena poda a esos árboles, o que los talen. Mejor aún, que los arranquen de raíz.
En los Pericones los árboles siguen creciendo y ya forman cortinas o muros que van reduciendo el horizonte visual creando espacios cada vez más reducidos en los que se pierde sobre todo la sensación de amplitud. Y siguen medrando. Esa manía de no dejar ver la extensión de la pradera y llenarlo todo de obstáculos, en un clima como el nuestro, debe proceder de las enseñanzas de algún máster de esos que alguna Universidad concede sin necesidad de asistencia.
En el Rinconín no hay árboles pero lo compensan con unos arbustos que se desarrollan y lo invaden todo, son imparables y alcanzan unas dimensiones que en nada tienen que envidiar al enjambre de chalets adosados que, una noche, construyeron al lado.
Del Hermanos Castro ni hablamos, comenzó siendo un parque inglés y ahora nadie sabe lo que es.
El parque Isabel la Católica es el único que se salva, tiene una pequeña zona boscosa en donde en los meses de verano las familias extienden el mantel a la sombra y comen, después de darse un baño en el mar, que está cerca. Y el resto del parque tiene luz, está abierto para el paseo, los juegos infantiles y los lagos para aves acuáticas. Así que muy bien.
No se puede decir los mismo del parque San Francisco de Oviedo, de una frondosidad que impide que la luz penetre y pueda favorecer el desarrollo de las flores y ni siquiera se logra un poco de pasto, para turistas porteños. A ver si el viento, al ser ejemplares viejos, los va echando poco a poco abajo.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

