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Constitución, dignidad e indignidad

8 de Noviembre del 2023 - Julio L. Bueno de las Heras (Oviedo)

España, que está pasando una de las épocas más flojas y crispadas de su reciente historia, vegetando en los puestos destacados cuando se atiende a los peores indicadores estadísticos económicos y sociales, y hozando en la cola cuando se computan descriptores de calidad institucional y autoestima ciudadana. A resultas de tanto éxito somos un país devenido insignificante -entre agendas y cárteles- en un contexto internacional que tampoco está para tirar voladores.

En nuestro triste caso, el bache iniciado un 11M de triste memoria histórica democrática (pendiente de reescritura) se fue convirtiendo progresivamente, durante estos últimos años, en la caída libre que -en estos distópicos meses, en los que toda locura parece posible- está tomando todas las características de una patética barrena para la que resulta difícil augurar un final reversible. Quien no pertenezca acrítica y bovinamente al tóxico mix de ideologías actualmente en el poder sólo puede percibir -simplismo metafórico realista- que somos un hato dirigido por un rehalero ensoberbecido, que inscribe su ambición personal en un macabro plan globalista, o viceversa, sirviéndose de esa misma partitura coral para llevar a cabo sus personales obsesiones y ambiciones, confesadas e inconfesables aunque visibles y previsibles casi todas ellas.

¿Dónde están las defensas -instituciones y Leyes- de nuestro organismo enfermo y debilitado? La triste realidad es que cada prueba o requerimiento a los que se va viendo sometida nuestra Carta Magna -fruto y sustanciación, que no semilla o germen, de nuestra entidad y unidad nacional- evidencia sus flaquezas y fisuras estructurales, dando que pensar si sus padres pecaron de excusable ingenuidad en unos momentos de entrañable y constructiva ilusión y ensimismamiento patriótico por una España homologable, si -más ilusos que ilusionados- cometieron imperdonables imprevisiones técnicas y formales o si -anticipándose imprudentemente a los tiempos- dejaron minas y bombas de relojería entre las transacciones mercaderas de aquellos momentos, críticos también, pero críticos para bien.

Consecuencia de estas debilidades están siendo las múltiples derivadas de aquella Constitución ingenua y mal cimentada -susceptible de al menos tres interpretaciones por cada dos juristas consultados- que afectan a la independencia de los poderes el Estado -sistemáticamente cortocircuitada y burlada, cuando no violada en manada, por uno de ellos-; a la utilidad funcional de la Corona como robusto poder arbitral que debiera ser -asunto muy recientemente analizado en su cruda realidad desde el Espíritu de las Leyes en estas mismas páginas-, y a la entidad, competencias y funcionalidad de unas comunidades autónomas que se debaten entre el provincianismo servil y la taifa rebelde, abdicando o abusando de su necesaria y deseable función como intermediarias, traductoras o contrapesos gestores democráticos del poder centralizado. Aquí en Asturias, sin tener que acudir a otras exquisiteces del vecindario, las gentes independientes tenemos sobrados motivos para avergonzarnos cuando escuchamos -o leemos reiteradamente aquí mismo, en las páginas de LNE- que nuestras autoridades actúan como delegados duplicados del Gobierno central cuando, en plena miserable compraventa partidista de la dignidad nacional, se apuntan acríticamente a disfrutar de las previsiblemente miserables salpicaduras presupuestarias, réditos de las treinta monedas y los siete votos. Tranquilos, compañeros, que no estamos solos echando cuentas sobre los beneficios colaterales de la vergüenza nacional. Si el buen y distante Dios no lo remedia, habrá más ventas y más repartos, más ocasiones de bocas calladas y más frustración y vergüenza. Al parecer está en nuestra naturaleza.

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