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Mi querido parque

9 de Noviembre del 2023 - José Luis Sancho Sánchez (Zaragoza)

Siguiendo la tradición, el personal visitaba los cementerios estos días pasados. Yo he tratado de concentrarme en los vivos, por si puedo ayudar, pero... es difícil. Necesito despejarme un poco de este amargo presente, así que dejo que los pies y el recuerdo me lleven al Parque Grande. Entro en la Avenida de los Bearneses, la que más disfruto. Los enormes plátanos a los lados del paseo crean un grandioso arco triunfal. Es una cúpula en libertad entre sol y sombra, que filtra caprichosamente las estilizadas escaleras solares hacia el cielo. O... ¿por qué no?, lanzas doradas de amor divino, que a modo de terapia atraviesan el ramaje y se clavan en los cansados corazones de los paseantes en esta azarosa y corta vida, otorgándoles unos segundos de gloria.

El canalillo que lo acompaña está a tope de agua, será la hora de riego. Hay bancos y bancos; bancos solitarios, abandonados, desnudos, humillados, y bancos disimulados, escondidos, atractivos, furtivos casi. Son los que me hacen guiños, mohines, insinuaciones para que me deje abrazar en su sombra sensual. Algunos ya han cazado intelectuales de barba blanca, arrullados en su lectura por el suave rumor de los aspersores, o simples mamíferos humanos con la mirada clavada en el infinito de su incertidumbre. Al final cedo y me siento bajo la pérgola enroscada de rosal; aquí fueron mis primeros besos... formales, aquí nació mi primer sueño eterno.

Me desvío un poco para entrar en la plaza más bonita del parque. La plaza es redonda, y redonda la fuente que hay en el centro. Es la Fuente de Neptuno, cuyo monumento se eleva unos metros como prueba de su majestad, empuñando el trípode a modo de báculo protector. Me asomo al borde de la piscina, apoyándome en la piedra blanca que contiene agua blanca, transparente. Este Señor de los mares sufriría como yo, si tuviera un corazón de carne, pero ahí está, encajado en agua dulce, suave, mansa, casi silenciosa, agua muerta. Suelto la mirada hacia las palmeras que dan al lugar aspecto de gran plaza porticada, en verde y amarillo. ¿Cómo?, ¡han muerto!...

Sí, hasta aquí ha llegado la triste realidad que recorta nuestros sueños. Una ráfaga de viento me despierta el alma, y repasa conmigo lo que recibí un día desde lo alto: “Tus muertos vivirán, sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y gritad de alegría, moradores del polvo! Porque tu rocío es como el rocío de la mañana, y la tierra dejará que los que están impotentes en la muerte vuelvan a vivir” (Isaías 26:19). ¡Gracias por recordarme que siempre estás aquí, para inspirarme o despertarme, mi querido parque!

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