El odio religioso
Jesús vivió bajo el control de los romanos en la tierra que en la actualidad ocupan las naciones modernas de Israel y Jordania, y que se llamó Palestina. El nombre "Palestina" se derivó indirectamente de "Filistea", el territorio original de los filisteos. El dominio de los romanos, hizo que los judíos huyeron de Palestina para principios del siglo segundo. Sin embargo, la tierra siguió siendo parte del Imperio Romano hasta los años seiscientos, cuando ya la mayoría de sus habitantes profesaban el cristianismo. Entonces los árabes conquistaron Palestina, y la tierra llegó a estar bajo el gobierno musulmán.
Con el tiempo, a partir de 1096, los supuestos cristianos de Europa organizaron las cruzadas con el propósito de arrebatar la tierra a los "infieles". En esa primera cruzada, Jerusalén fue capturada en 1099. Sin embargo, en 1187 el soberano musulmán Saladino arrebató la ciudad a los "cristianos". Después de esto vinieron más cruzadas, y la tierra fue bañada en sangre a medida que se infligían bárbaras atrocidades y crueldades sobre miles de personas, cuando los musulmanes y los supuestos cristianos luchaban por apoderarse del control de Palestina.
Podemos escandalizarnos o excusarnos, puesto que no nos vemos en esa historia, pero la historia debe enseñarnos algo. La Guerra de los Treinta Años entre católicos y protestantes supuso una mayor y más amarga ironía que esta. Según las afirmaciones iniciales se libraba por los más excelsos objetivos religiosos, para la gloria de Dios y para los elevados intereses de su Iglesia, pero... en poco tiempo fue señalada como el más desvergonzado pisoteo de todas las leyes humanas y divinas. Mucho más cerca, en este siglo pasado, los judíos fueron asesinados en masa por un líder católico. Hoy, un líder ortodoxo persigue a cristianos en Rusia.
La Córdoba del siglo X, con unos 500.000 habitantes, era la capital de la España islámica y la ciudad más populosa de Europa, pero ya sabemos cómo acabó. La promesa de Dios a Abraham sobre la bendición para todas las naciones, (Génesis 22:3-15) se confirmó en Jesús. A partir de ahí: "No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abrahán, y herederos según la promesa" (Gálatas 3:28). Siendo así: "El esclavo del Señor no tiene necesidad de pelear, sino que debe ser amable con todos" (2 Timoteo 2:24).
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