A pagar
Recientemente he leído en estas páginas una carta donde alguien se lamentaba de la costumbre, que se viene convirtiendo en tendencia, de wasapear a dolor, como si no hubiese un mañana, en todo tipo de eventos, a pesar de las prohibiciones expresas de hacerlo que se advierten al inicio en aquellos que precisan recogimiento y oscuridad (cines, teatros, óperas, conciertos). Se hablaba allí de un espectador violentamente increpado y tildado de impertinente y machista por una individua a la que había llamado la atención por estar haciéndolo (así molestando) en mitad de una película. Al hilo de ello vengo a plantear una humilde reflexión. Después de mucho cavilar he llegado a la conclusión de que las razones de tales comportares se deben al desconocimiento del significado del verbo “apagar”. Pues a pesar de la conocida retahíla plurilingüe que se escucha al comienzo de cada espectáculo (ese “les recordamos la necesidad de apagar los teléfonos móviles, así como la prohibición expresa...”, aunque a tenor de lo que vemos inferimos que carece de importancia alguna la lengua en la que somos interpelados, así fuese el feroés, el occitano o el arameo), es evidente que un verbo de tan oscuro significado pueda no entenderse bien. Por eso, en primer lugar, tenemos que aclarar desde aquí que apagar no significa silenciar el artefacto y seguir masturbándolo con el máximo brillo que permita su pantalla; que apagar no significa, del mismo modo, oscurecerla y seguir parloteando en conversaciones de tan profunda trascendencia como “baja tú al perro”, “dónde has dejado mi blusa”, “acuérdate de los puerros”. Que el verbo “apagar” tampoco puede percibirse como “a pagar”, de inquietantes connotaciones tributarias. Nada de eso. Según nuestro real diccionario de la lengua, apagar presenta ocho significados, y, dejando a un lado el que se refiere a la cal viva, el más empleado es el cuarto, que reza, literalmente, “interrumpir el funcionamiento de un aparato desconectándolo de su fuente de energía”. Entendemos que, en esta nueva sociedad tan profundamente bien informada, sea bien difícil interpretar tal definición. Más incluso de ser aplicada. Por eso, en segundo lugar, hemos pensado que un cierto acercamiento tangencial a su comprensión podría surgir de conjugarlo en sencillas oraciones que podrían ser obligatoriamente expresadas al unísono, en pie y en voz alta por todos los espectadores (a modo de los fraternales vítores castrenses o los alcoholizados bramidos que solicitan morreos de novios en sus bodorrios) antes de cada espectáculo, acompañadas de cierta teatralización en su señalización de gestos ad hoc, para mejor entendimiento del personal, remarcando digitalmente en cada caso el sujeto de la frase en solidaria coreografía: yo apago mi teléfono móvil, tú apagas tu teléfono móvil, él/ella apaga su teléfono móvil, nosotros apagamos nuestros teléfonos móviles, vosotros apagáis vuestros teléfonos móviles, ello-a-es apagan sus teléfonos móviles.... Y, ¡plas!, todos a una lográndolo finalmente en hermanada y beatífica comunión. Todo ello en espera de que las autoridades (querríamos no dudarlo, mas no estamos en periodo electoral...) se involucren un poquitín más en la lucha contra estas nuevas adicciones tecnológicas. Por la salud mental de las infectadas (ellas parecen ser mayoría) y por el bien de la cultura en general, si es que algo significan ambas realidades para sus responsables.
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