Pura hipocresia.
El conflicto colonial palestino-israelí tuvo su origen en Europa con la autoproclamación del Estado sionista en 1948.
El colonialismo de asentamiento, que es el que practica el ente sionista en Palestina, implica acabar con la población nativa mediante la expulsión o el exterminio, borrar todo resto de memoria y cultura del territorio y no permitir que sobrevivan ni los niños y las mujeres, porque está en ellos el futuro de Palestina.
Para ello, paradójicamente, la ilustración ha proporcionado los instrumentos racionalizadores capaces de justificar las violencias más atroces: la racionalización instrumental con arreglo a fines y el cálculo económico. En este caso, garantizar la hegemonía occidental en Oriente Próximo, un territorio del que necesita para subsistir el control de las rutas comerciales, de las fuentes energéticas y del mercado.
Esa comunidad internacional que se autodenomina Occidente vive en un mundo disociado. Por un lado, los principios universales que dice defender y que guían sus actos; por otro, unas prácticas antagónicas con esos principios.
Aunque lo cierto es que en este mundo posmoderno en que habitamos se han normalizado los discursos esquizofrénicos en los que se sostiene una idea y su contraria casi de forma simultánea. Se dice que los palestinos tienen derecho a resistir al colonizador, al tiempo que se les recrimina por resistirse. Se afirma que el Estado sionista israelí está violando todas las convenciones y resoluciones internacionales, al tiempo que se dice que tiene derecho a defenderse.
Los valores humanistas y civilizatorios que Occidente dice defender son una pura farsa. Lo que realmente defiende Europa es la acumulación económica, nuestro modelo de vida occidental y la propia pervivencia del Estado. Todo lo demás, el asesinato, el exterminio de los pueblos, la demolición de casas, las detenciones arbitrarias, el expolio de los recursos naturales.... son solo daños colaterales o consecuencias no queridas equiparables a los desastres naturales (terremotos, riadas, huracanes, etc.). Al fin y al cabo, estadísticas que serán borradas tarde o temprano de la memoria de los pueblos civilizados.
El sionismo estructura el Estado israelí y su sociedad, de la misma forma que el humanitarismo occidental define nuestras respuestas europeas ante la limpieza étnica y el genocidio de los palestinos. Respondemos ante el genocidio de los palestinos comenzando siempre nuestros discursos condenando el “terrorismo de Hamás” o la muerte de civiles sean del bando que sean. Y en ese principio está ya implícita nuestra posición, lo que estamos dispuestos a hacer y lo que no; están ya implícitos los límites de nuestro compromiso y nuestra solidaridad con el pueblo palestino.
Y ante todo esto, las Naciones Unidas mantienen un alegato retórico, tranquilizador de conciencias, pero incapaces de aplicar los principios de su fundación.
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