Cataluña descontenta
Para qué engañarnos, estamos ante una Cataluña descontenta y frustrada por el insoportable aplastamiento a la que se ve todavía sometida por un Estado insensible, además de jacobino, de sus instituciones, su cultura, su tejido industrial y económico. Con un PIB, muy por debajo del resto de las comunidades autónomas. Incluso su historia reciente de los últimos trescientos años, no claramente explicada, refleja un grado de sufrimiento solamente equiparable al que ha padecido el pueblo judío.
Creo que ha llegado el momento de iniciar el desencaje de Cataluña, dejarla que vuele libre de ataduras. Sinceramente no considero que sea necesario realizar un referéndum, cuando el Govern lo tiene todo tan claro y se considera auténtico poseedor del sentir general de su país. Desde luego este proceso será traumático por ambas partes: para la nueva nación que empieza como para la malvada patria madrastra. De entrada, tendrá unos beneficios claros e inmediatos, porque se podrá detener por fin definitivamente la sangría, el expolio y el robo manifiesto del Estado hacia Cataluña, que alcanza cifras increíblemente bochornosas día a día.
No podemos aceptar que sigan los catalanes aguantando más tiempo, además de los cuarenta años que llevamos de una supuesta democracia. Continuación intolerable del régimen fascista de Franco, que penalizó a Cataluña, entre otros muchísimos delitos, con una inaceptable inversión que condujo a la instalación de la fábrica de coches Seat en Martorell; por no hablar de la creación de un ignominioso y miserable polígono industrial químico en Tarragona, para vergüenza de sus habitantes que se siguen considerando a sí mismos los más desgraciados del país catalán. Hechos tan graves que ya se reflejaban en la repulsa visible que mostraban los barceloneses cuando su Excelencia osaba visitar la Ciudad Condal. Por no hablar del traslado forzoso, al que se vieron sometidos muchos de los habitantes del centro y sur de la Península, a Cataluña para empobrecerla y castigarla por desleal. Un verdadero lastre que ha supuesto una rémora para su desarrollo.
No me cabe la menor duda que su desencaje traerá desarraigos familiares, posibles traslados y movimientos de personas, con la consecuente pérdida de población, que habrá que pensar en remplazarla. Los movimientos de capitales se verán sin duda afectados, así como la probable deslocalización de más empresas de las que lo hicieron en 2017. Habrá que tener en cuenta la alteración de los mercados. La economía no volverá a ser como ha sido. Incluso se podría volver a la imposición de aranceles entre territorios. Las inversiones extranjeras y las grandes multinacionales, en tanto no se clarifique la situación, dejarán en suspenso las inversiones en la piel de oro. Preveo que la economía general se verá afectada seriamente, hasta el punto de que el país entero entre en quiebra financiera, vengan los inspectores de Bruselas y nos impongan dolorosos deberes, con algunos más que intolerables efectos como la reducción substancial de la percepción de las pensiones, entre otras medidas.
Quedan además otros asuntos no menores, a los que tendrá que atender la nueva nación catalana como es el ingreso en la UE. No parece concebible que Catalunya esté fuera de la Unión, aunque el proceso de su posible incorporación pueda llevar más tiempo de lo que pienso. Tampoco puedo dejar de considerar su posible incorporación a la OTAN, a menos que contemple definirse como una nación auténticamente pacifista, capaz de defenderse por sí sola, en este mundo actual tan peligroso. Por supuesto, sin dejar de lado su ingreso en la ONU.
Todos estos detalles, y otros centenares más tendrán que convertirse en planes de ejecución a los que tendrán que enfrentarse los gobiernos de la Generalitat. No oculto que sea fácil, pero quién ha dicho que el nacimiento de una nueva nación lo sea. Las gentes del todavía Principado tendrán que aguantar y sufrir. Probablemente su calidad de vida se verá afectada en las primeras etapas del desenganche. Aunque solo pensar en la gesta de crear una nueva nación hará que sus gentes dediquen esfuerzos incansables para conseguirlo.
Solo una cosa me preocupa, que sea cierto que las injusticias que enarbolan los partidos nacionalistas catalanes solamente pueden resolverse a través de la creación de la nación catalana y no una tapadera para seguir con las eternas lamentaciones y desagravios parcheados con permanentes compensaciones económicas, mientras dejan su ilusionante proyecto “sine die”.
Y así, una vez que la nueva nación eche a volar, el Gobierno de España se podrá dedicar de verdad a trabajar para resolver los verdaderos problemas que lastran el país.
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