La esperanza

20 de Noviembre del 2023 - Marino Iglesias Pidal (Gijón)

Generalmente me siento aquí, a escribir, con una idea, digamos protagonista, y un aluvión de ellas en torno a su protagonismo que, más que allanarme el camino, me lo atascan. Con tanto barullo de ideas no sé por dónde echar.

Nunca me había ocurrido lo que hoy, lo que ahora. En esta peli que se me presenta ahora mismo, solo me aparece una desdibujada “esperanza”, sustantivo común, individual, abstracto e incontable, en un paraje desértico insuperable.

Y en esa lucha estoy metido. Tratando de justificar mi decisión del titular. ¿Qué puedo decir...?

Como hago, cuando lo hago, con las pelis en la tele: marcha atrás, en este caso, para buscar inspiración en el repaso.

Estaba yo con el youtube, no como antes, ¡hace tiempo ya! que entraba para ver pelis gratis, hasta que, coño, por lo visto me ficharon y me desahuciaron. Si quieres pelis: monis.

Así que ahora, últimamente, entro para ver... sustos de gatos, por ejemplo. ¡Coño! Hasta en este instante me ha dado la risa. Estos bichos son tremendos. Y, los dos, tres días últimos, buscando una ¡gran noticia política! que me desenrabie con esta España que me tiene... ¡Aaaggg...!...

Oye... Yo creo que fue esto lo que me trajo este asunto de la esperanza. La gran noticia de que los españoles Aang no toleran que nadie se cague en su madre. ¡Pero! La cosa es que, ¿cómo puede ser? Sentir esperanza sin esperanza alguna...

Veo los políticos atacarse unos a otros. Jugar un partido interminable y sin sentido, o con él, no importa. Como en el fútbol, el Vini, y el otro, y el otro hicieron verdaderas maravillas, ¿y qué? Al Madrid le metieron más goles que metió ¡y perdió!, ¡y se jodió! Y el premio se lo llevó el que la Liga ganó, que, por supuesto, muy bien puede ser el más marrano de toda la competición.

Pero, claro, (ya se me viene a la cabeza sin buscar) los partidos de fútbol no se ganan o pierden por votación popular. Para ganar, además de jugar, sobre todo, me parece a mí, hay que echarle cataplines, ¡y! Contar con un árbitro ¡que arbitre!, que no se limite a contemplar los partidos sentado en el palco de la presidencia. Esa es la vaina. Cuando esto ocurre y el árbitro, ya sea el de fútbol o el otro, “a mí plin, yo duermo muy agustín”, la esperanza... pues yo no sé...

Y como no sé, hasta aquí llegué.

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