Sánchez y el muro de la desvergüenza
Este presunto Stalin español, o lo que sea, pretende crear un muro como el que separó al comunismo de la democracia, como el que mandó construir el dictador Stalin en Berlín después de la II Guerra Mundial. Por ahora solo es simbólico, pero démosle tiempo al tiempo y rienda suelta a este inmoral e indecente caballerete de risita inmunda.
Muy claramente está creando un frentismo entre la población española. A los que no pensamos como él y no le votamos, consecuentemente -los hay que no piensan igual pero le votan-, nos odia y no se corta un pelo en proclamarlo, no quiere nuestro voto, solo quiere dos Españas, dos frentes, si no sabe que nunca hubiese llegado al poder. En una España unida le habríamos dado una patada en el culo y mandado con Maduro o con Ortega, a Cuba, a China o a Rusia, con el amigo de parte de su gobierno y colaborador del golpe de Estado del 1 de octubre de 2017 en Cataluña, gracias a los que será presidente, no digo gobernará, pues no sabe. El pacificador de autocracias, Zapatero, inició ya esta singladura frentista en 2004 y el inquilinato de la Moncloa la continúa con más vehemencia si cabe.
¿Adónde nos dirige? A que una parte de España, ya rica, se convierta en más rica e insolidaria recibiendo las buenas viandas que les ha prometido el comprador de votos, mientras que la otra España, la pobre pero solidaria, recibirá las migajas, pero, eso sí, pagará impuestos como el que más, si no más. Es así para que el señoritingo se mantenga en el poder mientras sus votantes se lo permitan.
No se entiende cómo ciudadanos de Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cantabria, Galicia, Cantabria, Aragón o Asturias le votan. Los gallegos, buena gente, le dieron a Núñez Feijóo cuatro mayorías absolutas seguidas por su buen gobernar y hacer. ¿Son tontos? ¿Cuándo obtuvo Sánchez una sola mayoría de ese tipo? Ni por asomo, y nunca la obtendrá.
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