Siéntate así, siéntete asá
El mayor grado de violencia es -siempre- contra una misma. No se trata nunca de la suya contra ti, cualquiera que sea la intensidad del golpe. Es esa agresión a tu inocencia. Es la aceptación y asunción de una culpa que te es impuesta. Está en ese miedo que transfieres a tu hija, aunque en ocasiones también sea la suya. ¿Serán tantas lágrimas silenciadas capaces de convertirse en proyectiles ruidosos? Que no generen más daño, pero lo acusen para aplacarlo. Porque el silencio lo excusa y lo empuja dentro de una. Y de millones. Y una -y todas- tiene tanta luz que solo debiera darla. Dar (l)a luz, no (l)a sombra. Las niñas de parejas milenials continúan sufriendo el siéntate así y el siéntete asá. Y así, no es de extrañar que de adultas tengan dos manos que multiplicar para que las lean a la altura de un hombre, las vean a su estatura, o les piten al son de "mujer tenías que ser" cuando conducen un coche. Como si "el ser" de una de ellas no les hubiese "conducido" a la vida. Apremia discernir entre el tiempo de una agredida y el concepto de tiempo que tiene un testigo cuando la víctima es la prota de una noticia. El sofá rebaja las penas. Relaja las tuyas y altera la de ella. Porque está más ocupada en la agresión que tú preocupado por el tiempo en que tarda en poner la denuncia y con toda vulnerabilidad seas tú quien se monte la película.
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