Editorializando la cruda realidad
La sistémica crisis política/nacional en la que nos encontramos metidos de hoz y coz (la patada del mando en nuestro focico de plebe) ha servido para poner de manifiesto los muchos errores que hemos venido cometiendo en nuestra tortuosa y laberíntica senda en pos de una democracia auténtica. Una cuestión en la que se está demostrado que patinamos hasta el descalabro fue que muchos ingenuos vimos en el "Estado de las autonomías" una posibilidad civilizada, coordinada y constructiva de hacer nación, por ejemplo, como las facultades y escuelas suelen hacer alma máter. En su lugar parimos un ruedo competitivo entre "nacionalidades" (una de las bombas de relojería de nuestra parva pero sedicente magna carta), feudos, taifas y nacioncitas con ínfulas imperiales o, lo que es peor, coloniales.
Como se ha visto, porque han alardeado impúdicamente de ello, el Gobierno de la nación está llevando a cabo desde hace mucho más tiempo del confesable y confesado un plan de reescritura (variación con toques folclóricos propios sobre una partitura de reseteo compuesta y dirigida globalmente por quienes, en buena medida, han secuestrado una Unión Europea mutante). Plan que ahora se imposta -al habitual modo cínico, oportunista y prepotente al que ya nos vamos acostumbrando pastueñamente- como mezcla de genialidad progresista, redentora y pacificadora -e ineludible opción por desasistimiento electoral de la izquierda civilizada y la ultraizquierda angelical-, ambas detentando en exclusiva la patente de demócratas -frente a las hordas bárbaras y retrógradas, por supuesto antidemócratas y golpistas, de derechas y ultraderechas-. Y, como se ha visto, la escasísima reacción discrepante de buena parte de las comunidades autónomas a este desmán de consecuencias temibles y de difícil compostura se ha centrado mayormente en un basto y cerril ¿y a mí qué beneficio contante y sonante me corresponde en este reparto carroñero de la entidad nacional, tan ineficazmente blindada en nuestra débil Constitución? Algunas comunidades, asumiendo sin rubor su papel segundón de protectorados fieles pero dependientes, han formulado esta exigencia, con su habitual resignación ante el tradicional -y quizá merecido- ninguneo por parte del Gobierno, edulcorando posibles asperezas semánticas con otro delator enunciado plañidero y mendicante de la queja ¿y a nosotros, qué nos llegará?, ¿qué se nos dará? ¡Huy si me enfurruño!
LA NUEVA ESPAÑA se declara prensa liberal y -dentro los mínimos altibajos y sesgos motivados por la coyuntura, la demografía, la participación y las influencias- lleva una larga trayectoria de juego limpio en la que tienen cabida prácticamente todas las ideologías civilizadas y todas las opiniones fundadas y veraces, respetuosas y constructivas. Acogiéndome al paraguas que acabo de abrir con incierta fortuna, lamento creer -y así lo escribo- que el Editorial de LA NUEVA ESPAÑA del pasado domingo "Una legislatura para que Asturias tenga voz propia" necesita una segunda parte. Unas segundas partes en las que, sin caer en el holliganismo o el simplismo maniqueo partidista, se abandone esta aparente equidistancia narrativa entre acontecimientos y declaraciones. Por ejemplo, por muy duros que sean, no son equivalentes unos discursos y otros, como no lo son unas razones y otras o unas manifestaciones y otras, y menos una argumentación tan simplista como condenar "la violencia" venga de donde venga, y... santas pascuas. Creo que no son comparables por destemplados y molestos que sean -a efectos de contaminación acústica- las voces y detonaciones de los atracadores o los gruñidos de los violadores con los llantos y gemidos de dolor o protesta de sus víctimas. Ni tampoco es muy ilusionante esperar que el noble papel de nuestra insignificante Asturias, Paraíso Natural y Patria Querida, sea acertar a cómo y dónde poner la mano.
Y como sé -sabemos- que así no es, desearía -no pocos desearíamos- que quedara más claro. No son momentos de tibiezas y medias tintas, ni siquiera de dar ocasión a que así lo parezca.
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