De respeto y elegancia. El final del camino
Hace muchos años asistí a la toma de posesión del ministro de Sanidad Julián García Vargas en la sede del Ministerio. A la puerta de la entrada del salón de actos, se encontraban tres bedeles comentando sus cosas. Tras el paso de la comitiva que acompañaban al ministro saliente y ministro entrante, uno de los bedeles comentó al otro: “Ya tenemos otro interino”.
Más allá del “chascarrillo” del bedel, la frase encierra una verdad como un templo: Todo ministro o alto cargo de un gobierno sabe que su puesto siempre es provisional y su durabilidad depende de quien lo nombra. Tan sencillo como eso. Todo ministro o alto cargo sabe también que, desde el momento en que toma posesión, acata una institucionalización que es propia del cargo. No eres ministro de un partido o de los que te votaron, eres ministro del Gobierno del país al que representas.
Me temo que nada de esto venía en el manual de instrucciones de Podemos y decidieron que, una vez tomadas las “trincheras” (los ministerios), desde ahí había que seguir el combate. “Las trincheras son nuestras”, dijeron y nadie tiene el derecho a quitárnoslas. Solo así se puede entender el último bochorno, el último capítulo protagonizados por Irene Montero e Ione Belarra, a quienes el malvado Pedro Sánchez se había atrevido a quitarles sus ministerios con la connivencia de la “cruella de vil” (Yolanda Díaz).
Pero no es que el “berrinche” se haya producido en la sede de Podemos, en Twitter o en cualquier red social o tomando unas cañas o dirigiendo una carta a los suyos. No, el bochorno, el esperpento, la indignidad se ha producido en las instituciones del Estado en un acto protocolario de traspaso de carteras ministeriales. Actos que en cualquier democracia (no es un invento de la Transición) se preserva porque forma parte del “corpus democrático”, sin el cual la democracia se devalúa, corre el riesgo de parecerse más a la asamblea de la facultad (con todos mis respetos a las mismas, de las cuales fui activista a tiempo completo), asambleas de las cuales parece que algunos no han salido y han pretendido su continuidad a la salida de un Consejo de Ministros.
“¡Nos han echado del Gobierno!”, ha sido la expresión y el grito más utilizado, tras el berrinche. La RAE, haciendo gala de la riqueza del castellano, nos regala 48 acepciones de la palabra (recomiendo su lectura). Montero y Belarra la han utilizado en la aceptación quinta: “Deponer a alguien de su empleo impidiéndole el ejercicio de ello”. Craso error. Para empezar, un ministerio no es un empleo, ni se accede a ello por concurso/oposición, es un cargo (recordemos el “chascarrillo” del inicio de este texto) de carácter temporal al que se accede por designación de quien tiene la potestad constitucional de hacerlo, el presidente del Gobierno. Un ministerio no es propiedad de nadie y menos aún uno concreto (Ministerio de Igualdad). Defender el berrinche en estos términos es más que preocupante porque de él se infiere un sentido de la propiedad infantil.
Pero creo que hay algo más en este “desnortamiento” del ejercicio de la política. La decimocuarta legislatura arrancó en el 2019 y el Gobierno nombrado por esas fechas echó andar hasta la disolución de las Cortes que permitió unas nuevas elecciones en julio de 2023. Dicho gobierno quedó en funciones hasta el nombramiento del siguiente como resultado de las elecciones. De facto, todos los ministros y ministras (incluido el presidente del Gobierno) cesan, no les echan. Nombrado el nuevo Presidente, este procede a la elección de su nuevo gabinete que, al ser de coalición, tiene que respetar la cuota del socio menor (Sumar). ¿En qué momento de toda esta última parte se ha echado de “sus ministerios” a Montero y Belarra, si nadie las había nombrado nada?
Reaccionar así, de esta manera, es patrimonializar la política y, por supuesto, los cargos institucionales. Es sentirse insustituible. Es haber llegado a la preocupante conclusión de que tienes derecho a seguir en ese ministerio. Yolanda Díaz les sugirió que Nacho Álvarez, miembro de la cúpula de Podemos, podría ser ministro de Derechos Sociales. Belarra le contestó que de eso nada, que tenía que ser Irene Montero y además en “su” Ministerio de Igualdad. Fin de la película.
Fin de la película o el final del camino que se inició hace 10 años. Y que todo apunta a que terminará como Ciudadanos. Pero no nos equivoquemos, es el final del camino de Podemos/P. Iglesias, porque el espíritu del 14M sigue vivo, pero con protagonistas que sí saben lo que es el respeto a las instituciones y que también proceden de aquel movimiento ilusionante. Los nombramientos de Pablo Bustinduy (Derechos Sociales) y Ernest Urtasun (Cultura), cofundadores de Podemos, así lo certifican, más Mónica García (Sanidad), Sira Rego (Infancia y Juventud) y la misma Yolanda Díaz (Vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo), procedentes de IU y de las trincheras de la izquierda.
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