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El matón y la explotación del dolor

27 de Noviembre del 2023 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

En 1986, en plena ofensiva de la banda terrorista ETA, secuestraron al funcionario de prisiones José Ortega Lara. 532 días permaneció en cautiverio en un zulo de 3x2,5. Los que no hemos sufrido una experiencia de tamaña envergadura difícilmente podemos hacernos una idea de tal dolor. Solo queda la solidaridad, la empatía y la alegría por su liberación. Años más tarde, Ortega Lara tomó la libre decisión de afiliarse al PP (1987-2008) y hacer campaña política con ellos, quienes le ofrecieron incluirlo en sus listas electorales. El PP (expertos en estos temas de explotar el dolor) no cumplió su palabra. Ortega Lara abandonó el partido y junto con Santiago Abascal fundaron Vox en 2014. Vox le incluyó como candidato al Congreso por Madrid en 2019, pero en el último lugar de la lista, es decir de manera testimonial. Ahí terminó su incursión en la política y la explotación de su dolor por PP/Vox con la aquiescencia de la víctima.

Recordaba este episodio al hilo del genocidio que Israel lleva a cabo sobre el pueblo palestino desde hace 75 años. No es que quiera equiparar en su dimensión las dos atrocidades (por mi parte sería una estupidez), solo me sirve a efectos de rescatar los mecanismos que subyacen en la explotación del dolor, la individual y la colectiva. En esta última se visualiza con nitidez, por ejemplo, las dificultades que Alemania tiene a la hora de condenar la masacre de más de 6.000 niños que Israel ha cometido en tan solo 45 días. La culpa que como pueblo tiene Alemania del Holocausto judío pesa como una losa. Netanyahu lo sabe y lo explota.

Pero no solo es la macabra explotación del dolor lo que le funciona a Israel desde su nacimiento como Estado (probablemente este se habría desactivado en estos años), es el interés geoestratégico de su máximo valedor, los EE UU, el que consigue mantener la explotación del dolor en el mundo occidental. El alineamiento de Joe Biden, desde el minuto uno, desde el inicio de los bombardeos indiscriminados a la población civil, hospitales, escuelas... el envío inmediato de ayuda militar (portaaviones incluidos) no dejaban lugar a ninguna posibilidad de alto el fuego y reforzaron (una vez más) la victimización de Israel frente al mundo árabe. Y refuerzan la explotación del dolor del Holocausto nazi.

La frase del secretario general de la ONU, António Guterres, “Los ataques de Hamás no vienen de la nada”, ponía el foco en la Historia. En los últimos 48 años de prepotencia israelí, quien en la medida en que se pasaba por el arco del triunfo las resoluciones de la ONU, bajo el manto protector de EE UU, su prepotencia aumentaba. De ahí a la impunidad no quedaba nada. Por eso han declarado a Guterres enemigo de Israel. Por eso han amenazado a Pedro Sánchez (España) y Alexander de Croo (Bélgica) por decir que “la matanza de niños es insoportable”. Los han declarado amigos y defensores de Hamás. No hay lugar para equidistancia. Netanyahu lo tiene claro y está consiguiendo no solo acabar con el pueblo palestino, sino también con las pocas voces discrepantes en las calles de Tel-Aviv y Jerusalén, censurando la prensa, no permitiendo imágenes no autorizadas por el gobierno. Los israelíes desconocen que 56 periodistas han sido asesinados en la franja de Gaza porque no quieren testigos. La prensa afín a Netanyahu muestra supuestas armas escondidas en los hospitales de Gaza (nadie ha podido certificar su veracidad). “El Gobierno de Israel está ebrio de impunidad y odio y lo está alimentando en la sociedad israelí” (Luz Gómez, catedrática de Estudios Árabes).

Tras la tregua, volverán los bombardeos, volverán las matanzas a civiles y niños porque el matón de Cercano Oriente ha jurado borrar de la faz de la tierra al pueblo palestino. Ejecutará el exterminio en el campo de concentración que es la franja de Gaza. Todos intuimos la reacción de la llamada Comunidad Internacional: El silencio atronador.

Hace unas semanas, en una discoteca de Gijón, un mantón de barrio asesinó a patadas a un cartero. La Policía declaró que la mayor dificultad con la que se encontraron para detenerlo fue la amplia red de protección familiar y de amistades con las que contaba y que le encubrían desde hace muchos años sus fechorías.

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