Doctor K.
Nosotras estamos activamente contra la pena de muerte. Y ayer se celebraba una campaña en que miles de ciudades se iluminaron (entre ellas, Avilés, Oviedo y Xixón) para reclamar su eliminación.
Pero en los EE UU la pena de muerte existe como práctica habitual. Claro que su aplicación tiene por destino generalmente a personas de ámbitos sociales vulnerables, y más concretamente a personas negras.
Nunca a poderosos, y menos a gente con tanto poder como los ministros de Exteriores, allí llamados secretarios de Estado, la mayoría de los cuales acumulan un prontuario criminal exacerbado.
Puede que uno de los que más, de los más criminales en cuanto a número de personas eliminadas con su poder, sea el recientemente fallecido Henry K.
Y parece que además nunca se jubiló, si no de su actividad gubernativa, de su enorme influencia “geoestratégica” (a través de una empresa consultora que creó), pues ya cumplidos los 100 años todavía se reporta una última visita a China.
Nacido en Alemania, tendría el más relevante de los papeles en auspiciar las dictaduras militares en Latinoamérica, y en apoyar la dictadura franquista.
Todavía se siguen investigando “papeles” de los planes de exterminio como la muy conocida “operación Cóndor”, que coordinaba a las dictaduras con EE UU para eliminar resistentes demócratas en términos industriales, como mostraba entre otros Martín Almada, al “descubrir” los archivos del horror de la “operación Cóndor” en Paraguay.
Y como se ha estado recordando ahora que se cumplían los 50 años del Golpazo en Chile: si alguien tiene mayor responsabilidad que Pinochet en aquella asonada cruentísima es el propio Henry K.
Recordar a Kissinger es mencionar obviamente a un criminal de guerra, pero que lejos de ser enjuiciado por sus masivos crímenes, se le ha estado premiando con reconocimientos por su labor exterminadora: nada menos que el Nobel, al término de la guerra de Vietnam, un lugar donde ha sido imposible cuantificar los miles y miles de toneladas de bombas empleadas en desbaratar el país, sus selvas, sus habitantes resistentes a la invasión.
Y tras Vietnam, Laos, Camboya, Pakistán...
No se puede recordar a Kissinger sin tener en cuenta la obviedad de que fue un alumno protegido de los multimillonarios, puesto a su servicio, como el propio Rockefeller, que le ayudó a encumbrarse en la universidad y en el gobierno para llevar a cabo sus intereses particulares, sin importar que para ello se destruyeran países, territorios y millones de vidas.
Además de apoyar las guerras expansionistas y coloniales de Israel, también impidió directamente la autodeterminación del Sahara Occidental, y propició la guerra en Angola.
Para que Timor no obtuviera la independencia auspició la invasión por Indonesia.
Y en el caso argentino, se le señala como el “asesor” de las desapariciones forzadas, para tratar de dar una imagen diferenciada de Chile.
Los Desaparecidos “no están”, no se les ve, nadie puede achacarles al gobierno por ello. Hasta que se organizaron las Madres un año después del golpe.
El periodista y escritor inglés Christopher Hitchens, ya fallecido, le dedicó su libro, “Juicio a Kissinger”, que compendia su historial delictivo por el que, si justicia hubiera, debiera haber sido condenado:
“El ex secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional Henry A. Kissinger, sopesando las pruebas con meticulosidad jurídica, y desarrollando su caso con un escrupuloso análisis de la documentación escrita, Christopher Hitchens investiga, sucesivamente, la participación de Kissinger en la guerra de Indochina, la matanza masiva perpetrada en Bangladesh, los asesinatos planeados en Santiago de Chile, Nicosia y Washington, y el genocidio en Timor Oriental.
Elabora un sumario devastador contra un hombre cuya ambición y crueldad han sido la causa directa de asesinatos individuales y grandes matanzas indiscriminadas. La única impunidad de que Henry Kissinger disfruta es rango; huele que apesta. En nombre de las innumerables víctimas, conocidas y desconocidas, es hora de que la justicia intervenga”.
En esos términos discurría la protesta y el abucheo, en 1993, auspiciada por el Comité de Solidaridad con América Latina, Cosal, cuando Kissinger era invitado por LNE y la Universidad de Oviedo a dar una conferencia en el teatro Campoamor de Oviedo, con el pago de 11 millones de pesetas.
Tiempo después, en 1997, otra iniciativa similar (en cuanto a regalar dinero y blanqueo a otro criminal como George Bush por 20 minutos de conferencia) de las mismas instancias, supondría una enorme represión a los manifestantes, con el añadido de la detención de algunos de ellos, incluido el que firma esta nota.
La investigación y libro que habría que hacer sobre este personaje clave como agente activo del imperio debiera incluir una estimación sobre los millones de vidas que fueron segadas desde su responsabilidad de gobierno yanqui. Y poner esa cifra en su lápida.
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