El cristianismo y las neurociencias
Alguien ha dicho que el pasado ya no vale, ni el presente tampoco. Pero se trataba evidentemente de una exageración. Hoy también se dice que la neurociencia, y creo que es así, cuestiona radicalmente nuestros presupuestos metafísicos y religiosos. Pero podemos convertir estos cuestionamientos en ideas fecundas. Para ello tendremos que aprender aún muchas cosas, pero debemos mantener sin miedo nuestra libertad. No hemos de buscar para nuestra religiosidad puntos de apoyo solo en la neurociencia, aunque esta, por otra parte, nos obligue a reflexionar sobre nuestra tradición creyente y sobre nuestras prácticas piadosas. Y a ser tan o más comprensivos que cualquier otro. No todo va a cambiar de la noche a la mañana. Bien sabemos, y hemos de tenerlo en cuenta, que no solo las ciencias neurológicas tratan ahora de actuar sobre nuestro cerebro: la educación que hemos recibido, la moral aprendida y la religiosidad vivida de siempre intentaron formar nuestro cerebro. El cerebro fue siempre un misterio y es ahora cada vez más profundo.
Los cambios que se avecinan procederán ciertamente de un conocimiento más preciso de nuestro cerebro. Y aunque muchas devociones, prácticas, homilías y celebraciones nos parezcan aún proceder en gran parte de una religiosidad propia del siglo XIX, eso no lo es todo ni mucho menos. La experiencia religiosa es aún mucho más. Dios es, por ejemplo, también el Dios de las experiencias de esa Iglesia pobre y sencilla, como lo es de todas las experiencias religiosas del mundo y la historia.
Por lo demás, los neurocientíficos que contemplan con agrado la meditación, la empatía y la compasión orientales parecen desconocer a nuestros grandes místicos. Tal vez desconozcan que algunos hablaban de Dios como de uno con el universo; algo que les resultaría más grato. Pero ellos lo afirmaban sintiéndose identificados con la fe cristiana. Quizás los neurocientíficos, al silenciar a la Iglesia, desconozcan a Francisco de Asís, al Meister Eckhart, a Teresa de Jesús, y a Juan de la Cruz, entre tantos otros grandes. Es verdad que son pocos los místicos que conozco, pero conozco grupos cristianos que practican hoy el zen, la meditación. Y cristianos hay que bien merecen una mayor consideración por su empatía, misericordia y amor al que sufre. ¿Por qué ese silenciar el cristianismo? ¿A la Iglesia? Son en esta posmodernidad lo suficientemente inteligentes como para pretender silenciar a Cristo con cada vez más luminoso contorno.
Por lo que también merecen atención quienes al hablar de Dios no confunden sus imágenes con la realidad. Quienes quieren que su fe crezca según la visión de Jesús de Nazaret. De un Dios entendido como sabiduría primordial, presencia luminosa, misterio que no es objeto que pueda ser situado en las alturas ni entre otros objetos. Tan inmanente como trascendente, Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios. ¿El mundo, cuerpo de Dios? Dios es uno con todo el universo como una persona con su cuerpo? ¿Dios el sujeto o Yo del universo?, se preguntan ya muchos. Y todo esto mientras en grupos cristianos se viven las experiencias de sanación, reconciliación, armonía, paz y amor. No todo, ni mucho menos, es piedad decimonónica.
Si los cristianos no han de mirar con temor a la neurociencia, esta, por su parte, debería mostrar una apreciación más justa con el cristianismo.
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