¿Estaba en sus cabales?
En "De diablos o de locos", LA NUEVA ESPAÑA del 23 de noviembre, C. S. de los Ángeles, dando una larga torera sobre el monte y los arroyos, alcanza la alambicada conclusión siguiente: "Tampoco creo que ciertos políticos vayan a encontrar a su gusto el psiquiatra que a otros aconsejan". En román paladino, el psiquiatra que Feijóo aconsejó a Sánchez en "Espejo Público". De los Ángeles cree poner una pica en Flandes cuando en realidad se somete a la pauta general de dar por buenos los desmanes de la izquierda, mientras los reproches con que la derecha los censura son tratados como reprobables y reprobados con rigurosa unanimidad. Para esta gente exquisita lo grave no es el hecho sino el dicho.
En el reciente debate de investidura, Sánchez protagonizó un episodio insólito, vergonzoso para cualquiera, de derechas o de izquierdas, que tenga vergüenza: intentó descolocar al adversario no con argumentos sino con carcajadas. En un debate, cualquiera de los contrincantes puede, según su honestidad y capacidades, echar mano de argumentos y de falacias. Las falacias son trampas con la lógica; quien las utiliza a sabiendas es un tramposo. Ahora bien, la carcajada como recurso dialéctico ni siquiera alcanza la "categoría" de falacia. Para trampear con la lógica, la falacia se mueve necesariamente en el ámbito del leguaje. La carcajada es infra o, si prefieren, pre-lingüística; es visceral, glandular, zoológica.
No encontrarán la carcajada en ninguno de los manuales clásicos que intentan una clasificación exhaustiva de los tipos de falacia. Sin embargo en "Argumentation, Communication, and Fallacies" (1992), Van Eemeren y Grootendorst, de la Universidad de Ámsterdam, ensayan un enfoque de la falacia ("pragma-dialectical perspective") que incluye en el espectro de lo falaz no solo lo verbal sino también lo gestual y fáctico. Según estos autores hay falacias que infringen las reglas de la lógica y hay falacias que "violan las reglas de la discusión". La primera de las cuales es el respeto al contrincante.
Desde este punto de vista, el carcajeo "dialéctico" del candidato cuadraría en la llamada falacia "ad baculum", que no utiliza la fuerza de la razón sino la fuerza como razón. Esta "dialéctica del bastón" incluye todas las versiones del clásico y odioso "por cojones". Es propia del faltón que, con desfachatez y prepotencia, maltrata al adversario. El faltón se impone si cuenta con la complicidad de una chusma que celebra el matonismo. No le faltó al faltón en el Congreso, como complemento a uno de los episodios más bochornosos de los anales del parlamentarismo, una claque que aplaudió rendida.
¿Es necesario añadir, tratándose de falacias, que hasta las carcajadas eran falsas? Maldita la gana que tenía Sánchez de reír. Lo que tenía era una necesidad incoercible de desquitarse de la humillación sufrida en el debate televisado de la campaña del 23J. Pues sí, bien mirado, tal vez la hipótesis más benévola sea la de que "no estaba en sus cabales".
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