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El cielo protector

6 de Diciembre del 2023 - Ramón Alonso Nieda (Fuentes-Arriondas)

Quién es el valiente que entra en el quirófano sin un rescoldo más o menos activado de canguelo. Para empezar, sientes frío pues el local está a varios grados por debajo del ambiente. Y luego tienen esa pinta de nave espacial de película de los años setenta. Cuando te subes o te suben a la mesa de operaciones, partes para un viaje del que nadie te garantiza que no te apees en el otro barrio y torne infelizmente de vacío la dichosa nave.

¿Y qué pasa con las anestesias? ¿Las descartan para reducir la huella de CO2? ¿Tienen algo que ver con la tabarra del cambio climático? ¿Seré el único que prefiere sudar que tiritar de dolor? Las intervenciones simples en las que se prescinde de la anestesia pueden terminar siendo las más cruentas y crueles. Porque si algo se tuerce o se bloquea, no es cosa de interrumpir ni, mucho menos, de volver a empezar. Se tira para adelante y el paciente, a sufrir y a sangrar.

Los tubos transparentes conectados al cuerpo se van tiñendo de rojo. Crece el dolor. Se desborda la hemorragia; la bolsa de suero, colgada dos metros más arriba, se tiñe también de rojo. Para entonces el paciente es ya un náufrago que se está yendo al fondo. Y al fondo se iría si no fuera la mano que lo sostiene con suavidad y firmeza; si no fueran las palabras simples, sobrias y sabias que lo llaman a la superficie. Si no fuera la piadosa ola que lo envuelve y lo empuja hacia la orilla, a la cálida playa de la vida.

Estas líneas son un homenaje de admiración y de agradecimiento a dos mujeres, excelentes profesionales, que el 1 de diciembre asistían en un quirófano del Hospital de Begoña, calle de Pablo Iglesias. Dos mujeres buenas en el mejor sentido machadiano de lo bueno, que inmunes a la rutina, hacen del trabajo un ejercicio diario de humanidad. Les debo el regalo milagroso de que una experiencia aciaga me dejara, en su reflujo, un recuerdo luminoso.

Dicho queda con la melancolía de saber que estas palabras escapadas del corazón se perderán sin llegar a destino; de saber que lo propio de las deudas impagables es que queden sin pagar.

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