Miedo a los dragones
Estoy estirado en mi cama, es de noche y acabo de terminar de leer el último capítulo de uno de mis libros favoritos de fantasía. Cierro los ojos y empiezo a imaginarme ese final alternativo que tan presente tenía en mi mente antes de finalizar la lectura. Visualizo un bosque donde elfos y enanos conviven en paz, donde el reino dragón firma un acuerdo con el de los humanos. Se reparten las riquezas. El trabajo en equipo los ha llevado a una nueva isla repleta de nuevos tesoros.
Me despierto, abro los ojos después del sueño que acabo de tener. Es mediodía y trato de levantarme a tomar un café, en media hora tendré que volver al trabajo, pero, por un momento, quiero cerrarlos de nuevo. Quiero volver al asombroso lugar en el que estaba.
Al estirarme, desvío mi imaginación y analizo todas las discusiones unificadas que he vivido en una mañana, todos esos aspectos negativos que recorren un cuerpo lleno de complejos. No sé salir de aquí. Me doy cuenta de que cuando crecemos perdemos ese afán por la literatura fantástica, ese generador de creatividad infinita positiva que nos hace aislarnos de nuestras pesadillas reales. Los adultos no leemos cuentos, solo libros de aprendizaje, psicológicos, en resumen, funcionales. Perdiendo así toda fuente de inspiración que nos hace diferenciarnos del resto.
No tengamos miedo a ser mayores y seguir leyendo fantasía. ¿Acaso hay algo más asombroso que vivir imaginando?
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