Que la vida nazca en ti
La Navidad, que nos pone en bandeja el vibrante pulso comercial, es cierto que tiene mucho de frenesí consumista, compras de última hora, culto al cuerno de la abundancia. Las Navidades, igual no tienen orígenes muy claros, pero, para un cristiano, que sabe que Jesús se renueva siempre en su corazón, tienen y siempre tendrán sentido como momentos de reconciliación con uno mismo y con los demás, de reflexión sobre nuestros días, glorias y pequeñas miserias, sobre la valiosa vida que pasa, sin que nosotros pasemos muchas veces por ella, legando una huella de solidaridad grata, amistad compartida más allá de abismos de clase, raza, intereses, política o cualquier circunstancia subjetiva o aleatoria que nos separe como seres humanos. El sistema actual, inexorablemente, va alcanzando cotas cada vez más perfeccionadas de eficacia tecnológica y confort, accesibles a quienes las puedan adquirir. Hemos convertido las relaciones humanas, y todo lo que nos mueve, en cortisol, afán por aparentar y competir, crear un personaje cínico y fardón. La justicia es también equidad caritativa, en el mejor sentido de la palabra. No dando solo los guiñapos o mendrugos que nos sobran sino activando mecanismos sociales, que pongan a la persona en el centro de las acciones más allá del producir, acumular y consumir de modo exhibicionista. Mucha gente dice que la Navidad es un supermontaje hipócrita de bobalicones y ñoños mensajes, mera tregua de odios y rencillas, pero, también, desde nuestro rescatado corazón de niños, es ilusión gigante y reencuentro agridulce con los recuerdos de los seres queridos ausentes, más entrañables, preciosos y excelentes.
Navidad es alegría para el verdadero cristiano sencillo, aunque, por estas épocas, afloren disputas familiares en la mesa, depresiones solitarias, tristezas por la ausencia de magníficos seres amados.
“Natividad” significa nacimiento: que la Natividad sea alegre, esperanzada, luminosa y muy buena, humanista nazca en ti, y te haga renacer y surgir de las amargas decepciones y muertes en vida, como persona que sabe valorar lo que tiene y es amable, rebosante de cordialidad sanota, brindando felicidad a un mundo que lo ha desmitificado y desacralizado todo, haciéndonos más pobres en muchas cosas preciosas inmateriales. Las tradiciones son bellas, los regalinos, los belenes, los árboles de Navidad, los mercadillos artesanos. Charles Dickens, gran escritor compasivo y de buen corazón, inventó, en su “Cuento de Navidad”, muchos elementos de lo que sería luego la Navidad oficial. Sobre mitos nórdicos, Coca-Cola ideó al Santa Claus, enfundado en rojo y con trineo, que, a su vez, no deja de ser el San Nicolás de Bari. En estas fechas, somos ante todo familia. En España, tenemos magníficas tradiciones que enlazan con el espíritu navideño de misericordia y valores humanos, desde la representación del “Auto de los Reyes Magos” al mundo de las vistosas cabalgatas y séquitos de Melchor, Gaspar y Baltasar, los villancicos únicos, turrones y mazapanes, aguinaldos, etc. Quiero ser optimista: desde el sumo respeto a una España indiferente, que no sean las Navidades, exponente de una sociedad de lo más zombi, apática, nihilista, amargada y alienada culturalmente hasta extremos de muy vacío paroxismo.
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