Libertad o tiranía
“¿Solo con dar libertad a los individuos el mundo gozará de paz y libertad?”. Con esa pregunta se burlaban de las ideas liberales en el siglo XIX, porque los liberales así lo creían. “Con mayoría de votos se es libre de legislar y si el partido del que gobierna tiene que cambiar de opinión, la cambia: es la libertad en democracia”. Así se burla de la libertad en el siglo XXI un expresidente de Gobierno, porque así lo cree él. Pero ni el partido, ni los diputados, ni los miembros del Gobierno son estrictamente libres; se deben a la ética de cumplir con el pacto establecido con los electores en campaña electoral estando atados a lo dicho. Libre es el individuo que les votó para que cumpliesen lo prometido en campaña electoral. Ese compromiso electoral es el que exige a los diputados una ética para actuar según lo dicho entonces: lo que da autoridad al diputado para, en conciencia, poder desobedecer al partido. No hacer lo prometido sería un abuso o tiranía. Los ciudadanos libres no tienen porque acertar en las elecciones, y las tiranías, en ocasiones, han surgido de los votos que ciudadanos libres han dado a alguien que les dijo una cosa y luego solo quiso poder mantenerse en el poder.
En 1930 un Reichstag dividido permitió que “la combinación de agudeza política, capacidad de engaño y astucia de Hitler” convirtiese la mayoría simple de su partido en un efectivo poder de gobierno en la debilitada República de Weimar. Y el presidente Paul von Hindenburg nombró a Hitler canciller el 30 de enero de 1933. Iniciándose así una serie de atrevidos cambios que condujeron a una tiranía totalitaria. Por eso es tan inmoral nuestra situación actual.
La libertad en democracia no consiste en que los poderes ejecutivo y legislativo, con mayoría de votos, sean libres para hacer lo que les plazca, por ejemplo, la ley de amnistía. La amnistía, sin ser maligna en sí misma, sí lo es por: cómo se aplica, lo que la acompaña, y las mentiras con que se justifica: la ética exige actuar de acuerdo a lo dicho a los electores y el espíritu constitucional exige no forzar la letra de la Constitución. Por supuesto que todo se puede cambiar en democracia, pero planteándolo previamente en la campaña electoral. La libertad en democracia (que permite gozar de paz y libertad) es trina. Sí, como en la teología cristiana, o como en la física: energía, cambio, espacio-tiempo. La libertad es parte de una trinidad: libertad, ética-moral y espíritu constitucional. Además, el poder en democracia también es trino: legislativo, ejecutivo y judicial. Pretender anular el poder judicial mediante un legislativo y ejecutivo conspirativos para mantener el poder (los jueces solo aplican las leyes) se aleja de toda ética respetuosa con la oferta electoral y con el espíritu constitucional, convirtiéndose en tiranía totalitaria. ¡Ojo!, la historia ya nos ha dado muestras de todo ello.
Carlos Muñiz Cueto
Gijón
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