Ante mis ojos, los tuyos
Hay un anuncio actualmente en las redes y la televisión de una bebida alcohólica en el que cuenta cómo el Dr. Ajmal Zemmar y su equipo descubrieron cómo 30 segundos antes y 30 segundos después de que el corazón deje de latir el cerebro tiene un pico de actividad similar a cuando recordamos lúcidos momentos memorables de la vida. Los que han pasado por una ECM (experiencia cercana a la muerte) saben de qué se trata. Me incluyo en ella porque yo he pasado dos. Se puede corroborar, si vuelves, qué momentos críticos de tu vida; se suceden imágenes como si fuera una proyección rápida del antiguo Cinexin. Pero el alma... ¿adónde va? Se sabe que el alma, según los doctores Stuart Hameroff y Sir Roger Penrose, está en el cerebro, en unas estructuras denominadas microtúbulos, y que no se destruye después de morir, sino que vuelve al universo, se disipa, se distribuye. Su entrada es a través de la glándula pineal, pensamiento no tan lejano al de los antiguos griegos, que creían que cuando el alma abandona el cuerpo pasaba a lo divino. Ahora bien, si esa persona no conecta en vida, no alcanza el alma, si no hay amor y conexión con los demás, no hay nada. Naceríamos y moriríamos como animales. El alma espera paciente toda la vida a que la consigas. Cuando se conecta con otra persona desde el primer momento que la ves, cuando tu corazón palpita a mil por hora y no te la puedes quitar de la cabeza, entonces te das cuenta de que una parte de uno está en la otra persona y, aunque te mueras, quedará algo de ti en la otra. Es la extensión del amor lo que cuenta. Es adquirir una parte del otro y vivir en él. Bonito, ¿verdad? Ahora se pueden entender tantas sincronicidades, conexiones y telepatías entre dos personas que no se han tocado un pelo en la vida. Es amor de almas lo que se conecta.
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