Y por fin, la jubilación
¿Qué mejor que jubilarse después de, nada más y nada menos, 47 años cotizados? Todo el mundo ve este momento como la meta, el punto de inflexión y comienzo de la paz. Siempre nos han hecho creer que es un derecho, un mérito, un descanso ganado a pulso. Sin embargo, a veces, en mitad de este arduo, laborioso y extenso camino de desempeño, pueden interponerse otros intereses, mentiras, trampas y factores ajenos que consiguen tirar todo por la borda.
Y esto lo asevero con conocimiento de causa, pues yo fui de esos que, aún no terminando de ser devorado, le vi las orejas al lobo. Corría el año 2013 cuando la empresa en la que había trabajado desde que prácticamente tenía uso de razón hizo un infame ERE de extinción de contratos. ¿Resultado? El despido de unos 300 trabajadores, de los cuales, 55 fuimos despedidos de forma traumática y con una indemnización ridícula tras una vida laboral de más de 30 años.
Vivimos pensando que lo que hacemos merece la pena, tiene un valor, un reconocimiento, un propósito... y que alguien que no seas tú mismo pueda reducir toda una vida de trabajo a la nada es injusto, traumático e intolerable.
Evidentemente, tras esta sucesión de despidos, se iniciaron una serie de movilizaciones de baja intensidad. Qué pena que aquello de "cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar" no se aplique ni haya solidaridad con el mal del prójimo. En definitiva, quedamos prácticamente solos, únicamente acompañados de nuestros seres queridos en aquellas concentraciones de todos los días 1 de cada mes, durante una hora ante la puerta de entrada.
Aquel ERE no tuvo razón de ser, pues quedó demostrado que, en menos de un año, la compañía hacía contrataciones por docenas. ¿Por qué aquellos despidos? Con ellos se rompieron vidas, familias, hogares y economías. A ciertas edades no se debería jugar con eso.
Fueron unos pocos los compañeros valientes que estuvimos del lado de nuestros derechos. Me acuerdo de Alfredo, siempre acompañado de sus compañeros Juanjo, Rubén y Emilio. Laureano nunca falló, así como tampoco lo hicieron Crespo, Ismael y Ondina, que veían el poco apoyo que recibíamos de nuestros antiguos compañeros.
Estos compañeros y un puñado de prejubilados era todo el bagaje de empatía y apoyo que nos encontramos de un total de 600 trabajadores en plantilla. La soledad fue cruda e inhumana y pudimos observar cómo una significativa y muy importante porción de la plantilla se reblandecía, sumisa ante aquel atropello de poder. Ni siquiera los sindicatos fueron capaces de presentar demanda e impugnar el ERE por el Comité lntercentros, ni por CC OO, ni por UGT, que, aun teniendo una mayoría más que absoluta en el comité negociador, actuó prácticamente como de "oyente" ante la Audiencia Nacional. Todos miraron para otro lado.
Por lo general, somos personas bastante dóciles, un pueblo de rebeldes y ácratas de boquilla, pero sumisos cuando llega la hora de la verdad. Una turba de cobardes; pobre moralmente, "criticón" pero no crítico, molesto pero no rebelde y que confunde lealtad con obediencia.
Citando al dramaturgo francés Albert Guinon: "La cobardía tiene sobre el valor una gran ventaja: la de encontrar siempre una excusa".
Pese a todo, también es de mención reconocer la presencia siempre importante de políticos locales como Antonio Masip, incluso con sus dificultades de movilidad; de Ana Taboada ayudando en lo que podía, y de Cristina Coto, con sus declaraciones merecedoras de una querella por parte de la empresa. Ellos nos demostraron que no todos estaban cortados por el mismo patrón.
Muy meritoria fue, finalmente, la labor llevada a cabo por el alcalde de Oviedo, el señor Wenceslao López, que, tras varias reuniones con la empresa y transcurridos cuatro años de los despidos, consiguió arrancar el compromiso del reingreso de entre ocho y diez trabajadores.
Yo hablo desde la fortuna de haber entrado en ese saco de los empleados readmitidos, pudiendo a día de hoy jubilarme con una pensión digna. Tuve suerte, una especie de superviviente que tuvo que ser testigo de cómo el barco naufragaba y perdíamos a grandes compañeros, con grandes planes, que llevaban una dilatada carrera a sus espaldas y merecían una jubilación y retiro de honor. Esto les fue robado.
Y por ellos van estas palabras, que, si bien están lejos de sanar o enmendar el error garrafal, quieren hacer saber que no olvidamos y que seguimos intentando identificar a los culpables. Sabemos que de poco servirá porque, como bien nos enseña mi admirado Arturo Pérez-Reverte, "tenemos la desgracia de siempre mirar para otro lado y dejar que los grandes sinvergüenzas se vayan de rositas".
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