¿Dictadura digital?
La censura, el caos, la guerra y las dictaduras totalitarias -al igual que aquellos jaleos que tiene el vecino del primero- parecen ser siempre cosa de otros, al menos para nuestra generación. Nuestros abuelos seguramente podrían contarnos mil historias de lo que esas 3 o 4 palabras han significado a lo largo del tiempo, pero qué más da si no estamos dispuestos a escucharlos. No nos interesan el pasado ni su historia, es más, ni siquiera nos interesa prácticamente nada de un presente que no afecte directamente a nuestros intereses.
Desde Occidente -el continente bonito del planeta Tierra- divisamos de lejos y casi de refilón las barbaridades que ocurren día tras día al otro lado del mundo con relativa indiferencia. Nos da pena, sí. Condenamos los hechos, también. Sin embargo, en lo más profundo de nuestra conciencia, la realidad es que esto nos provoca un secreto sentimiento de morbosa alegría al descubrir que, al menos esta vez, parece que nos hemos librado.
El régimen orweliano de Kim Jong-un en Corea del Norte es horrible; el de Erdogan en Turquía, igual; la estratocracia en Myanmar o Afganistán, un atentado contra los derechos humanos, y las guerras contra Ucrania y Palestina, una aberración abominable, sí, sin ninguna duda, pero cuando la agenda setting decide que es suficiente, todo esto desaparece de nuestra mente. No existe. Y aquí está la amenaza real de nuestra sociedad occidental.
En Europa no sufrimos -todavía- grandes crisis humanitarias ni espectaculares conflictos armados, pero sí empezamos sutilmente a percibir los primeros casos de censura y autocensura. No nos prohíben hablar, pero el derecho a la libertad de expresión ya está limitado por la opinión pública. No todo el mundo se atreve a decir lo que piensa. No está prohibida la libertad informativa, pero el sesgo ideológico de la información que recibimos ha aumentado exponencialmente en detrimento de la objetividad. Nuestra sociedad está cada vez más polarizada. No sufrimos cortes de internet ni bloqueos digitales, pero sí una exposición selectiva de contenidos que condiciona nuestros pensamientos. Y, para mí, una sociedad donde uno no puede hablar sin tapujos, donde muchos de los flujos comunicativos están contaminados por dinero y poder, y donde no existe el elogio de la duda en favor del pensamiento crítico, es cualquier cosa menos una sociedad libre.
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