Entre la sospecha y el amor
Uno de esos pocos días que nos sorprendió la lluvia, le regalé mi paraguas a una pareja con un bebé. Antes de aceptarlo, dudaron sorprendidos, incrédulos... ¿qué pretenderá este hombre?, ¿estará loco? Otro día le ofrecí mi brazo a una señora mayor, que dudaba entre cruzar o no cruzar la calle, tambaleante con su bastón. La mujer vio mi andar artrósico, y me miró llena de interrogantes asustados. No, no -me dijo-, no voy a cruzar. Ayer dejé que se me acercara un perro y me lamiera el pantalón, y hasta lo saludé: ¿cómo estás, "Sebastián"? Al menos, su dueño, un hombre mayor, me ofreció una supersonrisa. Más tarde mi vecino Miguel me dijo que había salido a comprar cultura y me enseñó el libro del Presidente. Me hice un lío de preguntas, pero en este caso fui yo el que no se atrevió a comentar lo que dijo Arturo Pérez Reverte en "El hormiguero": "El tal no ha leído un libro en su vida". Y es que quiero mucho a mi vecino Miguel; si él se admira de este o el otro personaje, ¿quién soy yo para entrometerme?
En realidad, así como yo puedo ser sospechoso por entrar en la papelería de Belén a recoger el "Heraldo", y decirle a ella y su ayudante Mari Carmen: "Pero qué guapas estáis hoy", el mundo entero es sospechoso para mí. Amo a las personas, pero odio este mundo, y ya no espero nada bueno de él. "El mundo entero está bajo el poder del Maligno" (Juan 5:19). Si el mundo me regala un paraguas, sospecharé que me quiere robar la lluvia que limpia, el agua refrescante y dadora de vida. Si me ofrece su brazo, sospecharé que me quiere arrastrar a su propaganda engañosa, camino de un final endiablado. En cambio, si una persona desconocida me pregunta por una calle, es muy posible que la acompañe aunque esté en otro barrio. Eso es lo que he aprendido: hay que sospechar del mundo, pero no de todo el mundo. "El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor" (1 Juan 4:8). Entre la sospecha y el amor... hay que decidir.
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