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El gran ojo avizor

4 de Enero del 2024 - Javier Cortiñas González (Villaviciosa)

El primer acuerdo alcanzado en la UE entre el Consejo y el Parlamento sobre el Reglamento de Inteligencia Artificial ha vuelto a poner de nuevo en actualidad el asunto de la identificación biométrica remota en tiempo real en espacios de acceso público. El acuerdo establece cuándo su uso es estrictamente necesario, a qué autoridades se les debe permitir y los límites de estas excepciones a los casos de víctimas de determinados delitos, de prevención de amenazas reales como los atentados terroristas, y de búsqueda de personas sospechosas de los delitos más graves.

Desde luego lo preocupante es que se tenga que regular la aplicación de la Inteligencia Artificial a la identificación biométrica remota, en concreto al uso del reconocimiento facial a distancia. Lo que pone en evidencia la existencia de la tecnología y su implantación tanto en países democráticos como autoritarios, entre los que destaca China. Y que el hecho de que haber alcanzado un primer acuerdo no quiere decir que se vaya a aceptar ni que todos los países la vayan a acatar. Los avances tecnológicos son muy difíciles de contener, incluso los que puedan considerarse perjudiciales o dañinos por el uso de malas prácticas. Cuando llegan es para quedarse.

Decía que China ya hace uso de la vigilancia facial remota, capaz de identificar personas concretas que se encuentren dentro de una multitud, ya sea en una manifestación, o en un estadio donde se esté desarrollando un evento deportivo o un concierto musical. Mediante la red de vigilancia más grande y sofisticada del mundo compuesta por cuatrocientos millones de cámaras instaladas de seguimiento -algunos hablan de setecientos millones- capaces de reconocer rostros, edades, razas y género.

Cuando un ciudadano chino compra un teléfono móvil o contrata un servicio de internet, se le exige escanear su cara para comprobar que coincide con la tarjeta de identificación nacional -como nuestro DNI-. Las fotos escaneadas son procesadas para obtener los datos biométricos -conjunto de mediciones entre los diferentes elementos que conforman su rostro y expresión facial-únicos para cada persona. La información obtenida se incorpora a una enorme base de datos, donde son almacenados junto con los de la mayoría de los usuarios de internet chinos que acceden a la web a través de sus teléfonos móviles. Cuando las autoridades chinas quieren rastrear o buscar una persona -supongamos un presunto delincuente-, extraen su información biométrica de la base de datos y por medio de las cámaras instaladas en todas partes, dotadas de tres módulos de detección, rastreo y comparación, analizan matemáticamente, sin margen de error, todos los rostros de los ciudadanos visualizados, pudiendo realizar este proceso en tiempo real con la ayuda de la Inteligencia Artificial. De esta manera, la policía puede identificar a un fugitivo en medio de una multitud de sesenta mil personas.

¿Quién puede oponerse a usar la tecnología para buscar a un delincuente?, pero bajo este pretexto se oculta el hecho de que, al sondear los rostros de las personas, se está considerando que todas ellas son delincuentes potenciales, vulnerándose el derecho a la intimidad y contribuyendo a la cultura del miedo. Pero bajo el amparo de la seguridad, el uso del reconocimiento facial se va extendiendo a otras facetas de la vida cotidiana como las transacciones comerciales en tiendas y supermercados o los controles de asistencia y comportamiento de los estudiantes en escuelas y universidades. Por no hablar de la iniciativa denominada “sistema de crédito social”, donde se puntúa la conducta de los ciudadanos chinos y establece una especie de ranking de confianza, basada en una amplia variedad de información sobre cada ciudadano, desde el pago de impuestos y multas, uso de videojuegos, prácticas de deportes, hábitos de consumo, etc. A aquellos ciudadanos que obtienen buenas puntuaciones se les otorga una serie de beneficios desde descuentos en hoteles, alquiler de coche, obtención de visados de forma rápida, etc. Y si la puntuación no es satisfactoria o baja de ciertos niveles, pueden verse seriamente afectados al no tener acceso a la escuela donde podrían ir sus hijos, a los trabajos a los podrían optar o al tipo de préstamo hipotecario al que podrían acceder.

También estas aplicaciones, que forman parte de la vida cotidiana, se han considerado en el acuerdo entre el Consejo y el Parlamento europeos, prohibiéndose el rastreo indiscriminado de imágenes faciales sacadas de internet o de circuitos cerrados de televisión, el reconocimiento de emociones en los lugares de trabajo y en las instituciones de enseñanza, la puntuación ciudadana, la categorización biométrica para deducir datos sensibles, como la orientación sexual o las creencias religiosas.

Aunque no estemos todavía al nivel de China, lo cierto es que cien mil ojos electrónicos nos contemplan cada día, basta con observar unos pequeños dispositivos dotados de semiesfera negras -en cuyo interior se encierra la cámara de vídeo- adosados en paredes, techos, farolas, puentes y autopistas; en fachadas de edificios públicos, estadios, centros comerciales, etc. Si hasta las tenemos dentro de nuestras casas como elementos de los sistemas de seguridad instalados.

En fin, el ojo avizor del Gran Hermano de George Orwell ya se va instalado entre nosotros para ofrecer a los que, manejan los poderes sin grandes escrúpulos, nuevos y sofisticados sistemas de control ciudadano. No nos quedará otra opción que estar atentos y defender nuestras libertades ciudadanas otorgando nuestra confianza a partidos y entidades dispuestos a incluirlas en sus programas y defenderlas.

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