Pedro Abbat
El “Poema de mío Cid” es obra anónima por más que, en la última página del único manuscrito que se conserva, se puede leer “Per Abbat le escrivio en el mes de mayo en era de mil e CC XLV años”. En nuestras mentes apenas roturadas de jovencísimos estudiantes de Humanidades, el anonimato cuadraba mal con el Abbat que, aparentemente al menos, reivindicaba la autoría; circunstancia que agravaba la situación del alumno si el profesor lo pillaba “descalzo”, como le ocurrió a un compañero de clase.
-¿Quién escribió “El mío Cid”, Miguel?
-Dicen que es anónimo.
-¿Anónimo? ¿Qué quiere decir entonces esto de que Per Abbat lo escribió? -replicó el profesor abriendo su edición de Cátedra en la última página del poema. Miguel se quedó lívido como si hubiera recibido una estocada. Estando cerca y con el libro abierto, quise aliviarle el sofoco apuntándole por lo bajín: “Andan averiguando si era un copista”. Miguel se asió con la desesperación del náufrago a lo que le llegó del susurro y exclamó triunfal: “Andan averiguando si era comunista”. La clase estalló en una carcajada unánime y estruendosa.
Desde este umbral del año, le deseo a Miguel, que a estas alturas se reirá conmigo, salud durable y holgada prosperidad.
La analogía es una ley básica de la asociación de ideas. En el departamento de Económicas de la Camilo José Cela, tienen registrada una tesis a nombre de un tal Pedro Sánchez. No me pregunten por qué, el periodismo de investigación se interesó en el caso y averiguó que el tal P. Sánchez es en realidad un Per Abbat. O sea, un copista. Las noticias de los medios son ruido para hoy y silencio para mañana, pero el episodio de la tesis copiada sigue ahí, latente y latiendo, como una amenaza lancinante. “Le retour du refoulé”: el inconsciente expulsa una y otra vez los contenidos olvidados por inconfesables. Por eso Sánchez aprieta la mandíbula cada vez que tiene en frente alguien capaz de echarle a la cara esa fechoría de origen que socava en permanencia su pretendida “Tierra firme”.
Interpretaciones apócrifas. Las hay como las firmas. La firma apócrifa usurpa la autoría del texto; hay interpretaciones que usurpan, invirtiéndolo, el sentido auténtico. Patxi López recibió hace 20 años una carta doliente y premonitoria: “Haréis cosas que nos helarán la sangre”. Cuando en Nochevieja vio en la tele lo del muñeco apaleado en Ferraz, acordarse de la carta y P. Sánchez fue todo uno y, de súbito, a Patxi se le congeló la sangre. Lleva una semana por ahí con cara de tragedia griega. Los palos al muñeco -ahí me las den todas- son “incitación al magnicidio”. No es que falte humor, falta vergüenza. Patxi superará el trance (los poiquilotermos sobreviven con la sangre congelada) pero qué disgustos se lleva, el pobre.
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