Oda interminable
Fue Borges el que habló del Crátilo y los gauchos, de la sombra del “otro”, el Golem y los ecos de todas las civilizaciones. Runas y Gilgamesh, sajones, celtas, persas, ibéricos y helenos. Quevedo y Swedenborg, cábalas y virtud. Siempre hubo espadas llamadas Excalibur y viles dagas de embozados. Mandalas, bibliotecas y Dios como el Sumo Bibliotecario. Nietzsche pensó, tan iconoclasta como desvalido, acerca de la soledad y el sentido de la vida: la soledad, sólo soportable por dioses o por monstruos. El sentido vital gozoso, entusiasmo intenso de afirmarse, asiento tras haber alzado tantos castillos en el aire, deseos siempre jóvenes de evolución. Corazón tiernísimo, corregido por reveses de hiel. La necesidad de la experiencia dionisiaca, pronto colmada de templada mesura apolínea. El trabajo afanoso de mercados y despachos, cotidianidad de oficios y plaza concurrida a los que acuden el monje, el villano, el mercader, la joven dama, el sencillo lugareño y Cyrano, el que habrá de ser maestro. El sendero secreto, del que se sabe él mismo, en todo avatar y traje. La rosa carmesí que brota del corazón, que retornará al prístino candor. La suavísima bondad, sanación de mano de santo, Bálsamo de Fierabrás, Yelmo de Mambrino. Son enigmas escritos y lecturas de Biblia, códices, incunables y épicas. El amor, llama ardiente purificadora, multiplicación activa e infinita de las posibilidades del buen ser compartido, no mero cálculo gélido ni mera escapatoria del vacío para caer en las cadenas y grilletes de la dependencia emocional, ni tampoco en la deslealtad de la amada. ¡Oh, Monte Carmelo!, cantaron los místicos. El carácter y sus surcos, que no constituyen sino el destino. La belleza y la alegría redentoras, captadas y apreciadas en el aleteo de un instante. La inmortalidad, anhelo abstracto del pensar, que nos haría partícipes plenos de lo divino y la Divinidad. Escribir, con los dedos, el epitafio más bello, en el manantial que mana copioso, renovándose a cada instante. Aportar un depurado talento al alba de una mejor y más fraterna humanidad. Todo será armonioso silencio, tan sólo quebrado por el trino en el idioma de las aves del recobrado paraíso, que cortejan y anidan, sin mancha posible, como cuando se escuchaban nuestras risas exultantes de niños. Los copos de nieve caerán danzantes y lavarán el mundo. Y habrá soles y alegrías, tras la curadora nieve.
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