El juego de la cuerda
Cuando la televisión me llega a cansar, me pongo a darle vueltas a la cabeza. Y a veces me voy hasta el Premoño de mi abuela en Las Regueras. Allí estoy más tranquilo, aunque no siempre. Una tarde mi hermano y yo, sin otra cosa que hacer, jugábamos con la cuerda al tira y afloja hasta ver quién arrastraba a quién. Pero la cuerda se rompió y los dos nos fuimos de culo. Tino el de Ca Pravia, una de esas raras y eternas bondades que existían en los pueblos, escondió la cuerda rota para que no la descubriese nuestra madre.
Pero, ¿de dónde me viene ahora este recuerdo? Son muchas las veces que me gustaría volver a aquel Premoño, es verdad; como cuando me canso de los informativos. ¿De veras es real ese mundo que observo? Mundo con demasiada pasión y sin ilusión alguna tantas veces. Y tan preocupante siempre.
El debate político ha alcanzado máxima tensión. Y ante tal afán de comunicación, muchas veces me cuestiono si lo mejor no sería ahora callar como lo hacen algunos de mis amigos. Pero experimento, como tantos otros, la necesidad de pensamientos y preguntas honestas. Y creo, por mi parte, que también hay gente que se siente frágil e indefensa, a la que hay que defender.
Y no quiero dar consejos porque nunca quise dar consejos a nadie. Pero bueno sería, sin embargo, recordar ahora lo que nos han enseñado: no hay un solo español absolutamente bueno ni absolutamente malo. Por lo que habría que recordarles a muchos la igualdad de todos los españoles, al menos ante la ley. Y que nuestra unidad exige reciprocidad, respeto y tolerancia hacia las opiniones de los demás. Aunque algunos abran caminos de muy corto recorrido que pronto se agotarán. Hay que dejarse de asperezas y aspavientos. La lucha política ha de ser ejercida con generosidad y controlando las emociones. Todo lo pensado ha de ser sentido y lo sentido pensado. ¿Se ha agotado nuestra vida política? Espero que no. Pero no la vaciemos de significado.
Es extraña toda esta música de ahora. Espero que nuestros vociferantes políticos no lleguen a rompernos esa cuerda de todos. No se puede seguir así. Aunque, en verdad, me infunde confianza el que Tino el de Ca Pravia sigua allí mirando de soslayo y les invite a terminar de una vez con el juego de la cuerda. Tan extraños sonidos muchos ya cansados no los queremos canturrear.
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