Abelardo
Abelardo era un pedazo de pan. Vivía al lado de mi casa y todos los días al levantarse lo escuchaba cantar tangos. Su madre emigró a la Argentina después de la Guerra Civil cuando él tenia 5 años y cada mes le mandaba una carta contándole lo que lo echaba de menos y cuánto lo quería. Pasados tres años decidió su madre que tenía que reunirse con ella, y así, cual Marco en busca de su madre, abandonó el pueblo con llantos de su familia y vecinos. Embarcó en un vapor en el puerto de Vigo y, después de veintidós días de viaje, llegó al puerto de Buenos Aires. Su madre lo estaba esperando y se alojaron en la pensión Galicia, donde su madre trabajaba.
Durante veinte años vivió y trabajó en Argentina y, después de morir su madre, pensó que era bueno regresar a su pueblo.
Cuando llegó, toda la gente se dio cuenta de que no era el mismo. Abelardo hablaba a solas y por las mañanas cantaba tangos. En las noches de esfoyada cogía una escoba, la abrazaba y se ponía a bailar al mismo tiempo que cantaba: "Corrientes tres cuatro ocho, segundo piso ascensor, etcétera".
Asimismo, nos contaba que en Argentina todo el mundo sabía cantar y bailar tangos. Nos enseñaba a bailar con el ritmo: lento, lento, rápido, rápido, lento, etcétera.
Pero Abelardo con quien hablaba a solas era con un caballo alazán que tenían en casa. Cada vez que el animal lo veía levantaba las orejas y estiraba el cuello hasta que Abelardo lo acariciaba y le contaba cosas al oído, y así se pasaban horas, uno escuchando y el otro hablando sin importarles nuestras risas y burlas:
"Abelardo tá tolo, Abelardo tá tolo", gritábamos. Tenía Abelardo una memoria prodigiosa. Se acordaba de todas las fechas y de todos los políticos argentinos y el que más le gustaba era Perón. Quería traerlo para España, pero en España ya teníamos a Franco.
Treinta años más tarde, en Estados Unidos, un tal Robert Redford hizo una película: "El hombre que susurraba a los caballos".
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