Los empresarios son malos y los políticos, muy buenos
Solo el incauto de Milei puede pensar que el empresario trabaja por el "interés general" y no para optimizar beneficios, como dice nuestro articulista de cabecera, al ser la empresarial una actividad que no puede ser considerada como servicio público sino una forma de acaparar a través de la explotación de los demás (esto último es mío). Y el Papa Francisco llama a los Estados a preocuparse de los desheredados y contrarrestar esa actividad privada. ¿Quién es el Estado?; aparte de territorio y el pueblo (sometido), el Estado son los que gobiernan, los políticos, a los que Francisco hace una llamada. Pero los gobernantes son seres humanos, igual que los empresarios, y esa condición supone que su comportamiento ante la sociedad no debería considerarse diferente. Además los políticos se valen de los bienes no obtenidos de la actividad empresarial (esfuerzo personal), sino del dinero público que les llega en cantidades ingentes y reparten como ellos consideran oportuno, siempre sin poder renunciar a su condición de seres humanos; así que su facultad de lucrarse es casi infinita al serlo también los fondos a su disposición, y su capacidad de perversión perjudicando al "interés general" es asimismo inmensa si se utiliza con fines inconfesables, como sería pagar el precio que sea para mantenerse en el poder con tal de conservar sus privilegios, y ese precio sería ilimitado, sin ni siquiera renunciar a sacar a subasta el territorio que habita el pueblo por ellos sometido (los otros dos elementos que conforman el Estado).
Si Milei es incauto habría que encontrar un adjetivo para calificar al Papa Francisco por considerar que los Estados salvarán al pueblo, ignorando que quienes conforman ese Estado son en su humanidad idénticos a los que se dedican a la actividad empresarial (no hay más que ver el funcionamiento y rendimiento de las empresas fuertemente politizadas o con conexiones políticas, y el Papa pide que sean estos mismos individuos quienes "controlen y dirijan el poder económico" en aras del bien común); y ese mismo adjetivo serviría para calificar a nuestro articulista de cabecera, que piensa igual que el Papa y nos lo comunica como el gran hallazgo que desmonta el tinglado del mundo empresarial, quizás porque ni el Papa ni el articulista se han arruinado nunca en la búsqueda de una actividad vital para su supervivencia y la de todos los que puedan beneficiarse de ella, los ciudadanos.
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