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Mis años en el Alfonso II

22 de Enero del 2024 - Celestino Hernando Castro (El Escorial)

Año 1965: las clases del Instituto eran entonces la razón primordial de mi adolescencia. Yo subía andando por el Campo de San Francisco temprano, a esa hora en la que en el estanque de las aguas dormidas navegaban los patos, en la que los dos osos, "Petra" y "Perico", ya daban vueltas sin cesar, investigando su triste cautiverio, y en la que la niebla se acurrucaba contra los árboles del parque. En unos minutos yo terminaba la travesía y llegaba a las escaleras de subida a la puerta de entrada.

Para los que no lo conozcáis, el Alfonso II siempre ha sido un edificio sereno, grande, luminoso y sin persianas; su apariencia podría ser la de alguien que estuviera despertando de la siesta y estuviera estirando los brazos hacia Levante. Aparece sosegado al final del parque y se asienta elevado con un toque de desafío. En el vértice superior de la pared norte hay unos relojes que miran, hacia abajo, insistentemente a los alumnos que se acercan por la mañana a clase, con aire de reproche a los que llegan tarde.

Luego venían las aulas, dos plantas por todo el edificio. En ellas nos sentábamos unos cincuenta adolescentes, en aquellos pupitres, a la espera del saber lo que va a pasar ese día, bueno a la espera del saber, del aprender. Los chicos estábamos divididos por la edad y el nivel, cada año avanzabas hacia el adiós.

Carmen Fauste entraba y todos en pie a rezar el "Je vous salue Marie", pasaba lista y luego venían las lecturas y traducciones. El francés es un idioma bastante reglado y casi todos pasábamos las pruebas. No se hablaba apenas de Napoleón o de la Guerra de las Galias, tampoco de Manet o de Toulouse Lautrec, la materia se refería a lo literario, por ejemplo a Balzac o a Stendal. Pienso que Carmen tendría que ser devota de la lectura y hacia eso nos enseñaba.

Nos contaba que Antoine de Saint Exupery se había caído del avión, cerca de Marsella, y que había desaparecido para siempre, algo que a nuestras edades sobrecogía. Leíamos y traducíamos, con frecuencia, el "Vol de Nuit" de ese autor, que es un relato breve profético del desgraciado futuro de Antoine.

Cuando llevábamos una hora con Carmen se abría la puerta y aparecía el bedel, Lázaro, y "daba la hora". Era el momento de aflojar los nervios y el temor al control académico y de descansar hasta que llegara el turno a la Historia o a la Geografía.

Ahora que han pasado casi sesenta años tengo otra vez el "Vol de Nuit" en mis manos y me paro a pensar en la grandeza de aquellos momentos literarios en los que nos sumergía "La Fauste", y también pienso en algunas de las frases del libro: "La luz no bajaba de los astros, sino que se desprendía. La luz era cual leche en la que se bañaba la tripulación".

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