A la muerte de María Fernández-Alú
Me impresionan inmensamente las diferencias al concebir y dar curso a la vida entre unas personas y otras. Tras la superficialidad hasta blasfema de quienes se han prestado en París, en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, a representar la Última Cena de Cristo de una forma tan grotesca e irrespetuosa, reparo en la vida que ya ha finalizado de María Fernández-Alú, que la dirigió siempre a respetar y honrar a Quien merece ser honrado y respetado.
María fue siempre alguien a quien admiré y ya no solo por su cultura y preparación intelectual, sino sobre todo por su humildad y sencillez adornadas por su enorme bondad. Este estilo de vida es el que merece la pena y el que verdaderamente importa cuando la vida llega a su final.
Recuerdo los últimos momentos de la vida de mi padre y sus palabras: “Hija, al final de la vida lo único importante es haber sido una buena persona”. Buena persona es en lo que puedo resumir la vida de María. Una vida sencilla y fructífera, preocupada siempre de hacer el bien a los demás, haciéndose cercana a todos y estableciendo siempre lazos de unión y de amistad, y de ayuda.
Aquellas conversaciones que ambas manteníamos sobre el más allá fundadas en la esperanza y también afectadas por la muerte de algún amigo común querido me vienen ahora a la mente. Nos preocupaba la vida, la forma de vivirla, su trascendencia. María se tomó su vida en serio dando importancia a su trascendencia.
Pues allá se fue. Ya conoce aquello de lo que hablábamos y ya se encontró con Aquel al que amó y dedicó su vida, y del que otros inconscientemente se burlan. Aquel, Dios, era su meta y a Él llegó. Ella ya conoce el más allá, los demás lo conoceremos algún día.
Solo cabe desearle que descanse en paz y darle las gracias por haber sido un ejemplo de vida y de forma de morir.
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