Los piojos

30 de Julio del 2024 - Fernando Vijande Fernández (Castropol)

“Espera, espera, estate quieto, que te miro la cabeza”.

Todos los días igual. Mi madre, nada más entrar por la puerta y sin darme tiempo ni a dejar el cavás de la escuela en el suelo, ya estaba inspeccionando mi cabeza y preguntándome si me picaba.

“Espera, espera, ven afuera que se ve mejor, no te muevas, inclina la cabeza, que los piojos anidan en el pescuezo, si lo sabré yo que de pequeña mi madre me revisaba todos los días la cabeza al venir de la escuela y a veces también cuando llegaba para comer”.

“Estos condenados no sé de dónde salen”.

“¿Con quién estuviste? Seguro que chocaste la cabeza con Maximiliano y, claro, como sus padres tienen vacas, seguro que te los pasó”.

“Son piojos de vaca, seguro, están muy lustruosos y negros y grandes como demonios. Ya lo decía mi madre, los piojos grandes son de vaca. Sabía mucho tu abuela de piojos de vacas, además, con la miseria que había antes, no había más que piojos, tener no teníamos nada, pero, piojos no faltaban y venga, todos a rascarse la cabeza. Parecíamos una orquesta bien afinada.

Además, tú sabes que los piojos, cuando uno se muere, escapan, son muy listos los piojos, como no tienen que comer se marchan a otro sitio. No tienen a quién chupar, son como los mosquitos, pero no hacen ruido, son muy silenciosos los muy puñeteros.

Ya te decía yo que tuvieras cuidado y no te digo nada la de liendres que se ven aquí. Las liendres son los hijos de los piojos, ya lo decía mi madre, donde encuentres liendres encontrarás piojos, eso seguro que es así, tú tiras del hilo y te lleva al ovillo, pues aquí igual.

Anda, aquí hay uno, espera, que este ya no vuelve a picar más. Chas, ya está, ya no vuelve, tenía que hacerles a todos lo mismo.

Bueno, espera, que voy a buscar el vinagre y ya verás cómo desaparecen todos”.

Pasadas unas dos horas y oliendo a ensalada, pude dormir tranquilo toda la noche.

“Ten cuidado con quién chocas la cabeza”, me dijo mi madre por la mañana al salir para la escuela.

Yo, después de escribir este relato, no sé por qué, pero instintivamente me puse a rascar la cabeza.

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