¿Volverá la esperanza en una expectativa de vida?
¿Qué se puede transmitir desde el lado del receptor de la noticia que no sea hastío, decepción o inseguridad? ¡Bueno, también pasan cosas buenas, ¿eh?!, me dice inmediatamente otro de mis yos. Creo que se trata de mi yo primitivo y soñador. Qué buenos ratos me hizo pasar este yo allá en los años cincuenta y sesenta. Claro que el régimen no tenía por qué transmitir inseguridad aunque la hubiese en cierto ámbito. Así, ni en los medios ni en la calle se oían ecos de violencia o de inseguridad, ni siquiera de temor al futuro.
Lo que sí se podía observar era que los niños jugaban solos en la calle, que los jóvenes que decían quererse lo refrendaban con un compromiso, y el compromiso seguía en vigor hasta que la muerte los separara. Había trabajo para todos los que estaban dispuestos a trabajar, eso sí, mucho, por un sueldo más ajustado que justo, pero... había futuro por delante y eso añadido a un ambiente de seguridad, despertaba la alegría de vivir de una España que ya pasó lo suyo.
¡Quién pudiera hacer vivir no la política ni lo que alguien puede considerar los rancios valores, sino la ilusión de aquella juventud por la vida a los jóvenes actuales! Solo tenían un traje o un vestido de domingo, pero también una alegría sana para toda la semana. Las jóvenes no corrían más peligro que el de un piropo o una arrimadica en el baile. Y los valores estaban en el trabajo, en la honradez y hasta en el honor. No se sabía de guarderías ni residencias, los vecinos eran amigos tan allegados como hermanos...
“¿Volverán las oscuras golondrinas / En tu balcón sus nidos a colgar / Y otra vez con el ala en tus cristales / jugando, llamarán? / Pero aquellas que el vuelo refrenaban / La hermosura y la dicha contemplar / Aquellas que aprendieron nuestros nombres / Esas no volverán”. Yo también creo que no volverán en este sistema. Solo el Creador de la vida puede darnos una esperanza con garantía: “La gente inicua se volverá al Seol, aun todas las naciones que se olvidan de Dios. Porque no siempre será olvidado el pobre, ni perecerá jamás la esperanza de los mansos” (Salmos 9:17,18). Que así sea.
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