Vergonya a Catalunya
El día 8 de agosto de 2024 pasará a la historia de Catalunya como el día de la vergüenza. Pasará a la historia del independentismo como el mayor ridículo que un líder independentista ha sido capaz de realizar ante sus votantes, sus fieles, sus instituciones y su propio partido. Pasará a la historia como el fin del esperpento que desde hace siete años viene ejerciendo desde su "exilio" político en Waterloo.
En 2017 escribí un artículo titulado "Cantiflas en Catalunya" y en el que sucintamente resumo, siete años después: "No sé si la traca final fue el final lógico de una hoja de ruta diseñada por un guionista "acantinflado" (permítaseme el neologismo) o respondía a las presiones de última hora del mundo económico, empresarial o del propio Consejo de Europa sobre las consecuencias de una Catalunya independiente. Es difícil hacerse a la idea de que los responsables políticos catalanes fueran ajenos a todo esto. No me cabe en la cabeza que la 'borrachera' por sentirse en su "Arcadia soñada" les obnubilara la mente y el sentido común político para no tomar en consideración las previsibles respuestas del otro lado de la mesa. Me inclino a pensar, como ya he señalado en otro momento: "¿Qué es lo que prevalecerá en el complejo mundo de Junts per Sí? ¿Conseguirán triunfar las tesis de los que 'solo' pretendían llevar al Estado a sus límites para poder negociar con ventajas un modelo similar al vasco? O ¿triunfarán las tesis de 'ahora o nunca', la República Catalana independiente? (el sueño de la CUP, ANC y Omnium Cultural), para lo que vienen trabajando incansablemente ya que tienen mayor capacidad de movilización en la calle y manejan como nadie el principio de acción-reacción-acción".
Por aquellos días la movilización en la calle era impresionante. Los independentistas habían conseguido llenar las calles y plazas de ciudades y pueblos de Catalunya de manera envidiable (300.000 en Barcelona). En el Parlament, Puigdemont declaró el nacimiento de la República Catalana, que duró 56 segundos, y luego escapó en el maletero de un coche. Ahí empezó el declive del personaje, porque mientras el resto de miembros del Gobierno (especialmente los de ERC) tuvieron el valor y la dignidad de enfrentarse a las consecuencias jurídicas que inevitablemente se iban a derivar de lo ocurrido en el Parlament de Catalunya (con ello no quiero decir que tuvieran razón los del 155), él huía de Catalunya y de España.
Lo demás ya es hemeroteca. Los siete años que el "ilusionista" Puigdemont "ejerció" de President en el exilio han sido una constante desafección de aquellos que apostaron por una Catalunya independiente. Hoy el independentismo representa el 39,5% y solo el 5% cree firmemente que es posible la independencia (ICPS de Catalunya) y, con la segunda huida protagonizada por Puigdemont, tras un mitin con 3.000 personas en su diseñado y esperpéntico retorno, bajará aún más el voto independentista a su partido.
Envalentonado en su refugio de Waterloo (Bélgica), había prometido a los suyos que volvería a Catalunya y que estaría presente en la sesión de investidura y que, si él no salía elegido presidente, se retiraría de la política. Que estaba dispuesto a asumir que la judicatura española ordenara su detención, etcétera. Pues cumplió a medias lo primero... Volvió a Cataluña y ante 3.000 personas soltó su discurso de siempre y se dirigió al Parlament (es de suponer que entonces se dio cuenta de que las masas populares que en 2017 le habían seguido fieles esta vez habían desaparecido). No se presentó en el Parlament, por tanto, no intervino (una profunda decepción se apoderó de una gran parte de los diputados de Junts). Y... preparó su nueva huida (o ya la tenía preparada).
Su segunda y definitiva huida, mientras Salvador Illa se convertía en el President del cambio, gracias al apoyo de los diputados independentistas de izquierdas (ERC) y Comunes. Empieza un nuevo ciclo político en Catalunya y termina el esperpento "acantinflado" de Puigdemont. Termina la Vergonya a Catalunya.
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