Pos anda que lo meo (pues anda que lo mío)
La Salustiana se reunía al anochecer en los días de verano con sus vecinas Hermelinda y Consolación delante de casa; la conversación era fluida y los recuerdos de aquellos años juveniles afloraban y tomaban forma y vida en la memoria de las tres amigas.
Hermelinda, con tres hijos (dos varones y una hembra), contaba los pormenores de su marido y lo bien que la había tratado la vida, la buena posición que tenían sus hijos y la suerte que había tenido su hija al encontrar un marido que hacía todo lo de casa y la tenía como una reina.
La Salustiana, con arrugas no solo en la cara, sino también en el alma y en el corazón, interrumpía en cada momento:
"Pos anda que lo meo".
"Cuenta, nía cuenta", le decía Consolación.
"No sé si debo contarlo, no me atrevo".
"Vamos, mujer, no te cortes, tú cuenta".
"Es que, no sé, mejor no lo cuento, porque, no, no lo puedo contar".
Consolación cuenta su pasado de criada de servir en casa de los señores de Abondo y la Salustiana la interrumpe:
"Pos anda que lo meo".
"Bueno, a ver, nía, cuenta, cuenta".
"No me atrevo, buenas ganas tengo de contarlo, pero, tengo miedo, no, no puedo contarlo".
"Bueno, nía, cuenta, que no te pasa nada, además es bueno que lo sepamos tus amigas".
Hermelinda presume de sus hijos, uno estudió Derecho y es jefe de una multinacional, el otro ingeniero.
"Pos anda que lo meo", vuelve a decir la Salustiana.
"Cuenta, mujer, cuenta, que nosotras entendemos todo, no te cortes, que seguro que te hace bien, además es bueno que lo saques de dentro".
"No, no puedo, otro día quizás, cuando tenga fuerzas".
Consolación cuenta cómo se propasaba el señorito de los señores de Abondo cuando limpiaba las ventanas subida a una escalera.
"Pos anda que lo meo", interrumpe la Salustiana.
Bueno, mujer, no te martirices, cuenta, que te va hacer bien, saca eso de encima, además vas a estar mejor, cuéntalo todo.
"Es que no me atrevo, ¿y si tiene consecuencias?", responde Salustiana, "no me lo perdonaría nunca, no, no, no puedo contarlo".
Consolación cuenta cuando fue a confesarse y el sacerdote le preguntaba todos los detalles de la agresión del padre del señorito y cómo suspiraba dentro del confesionario.
"Pos anda que lo meo", interviene la Salustiana.
"Anda, nía, cuenta, que no nos oye nadie. Nosotras, las dos, somos como tumbas, no se lo vamos a decir a nadie", responden las dos amigas.
"La verdad es que si lo cuento puede tener consecuencias y yo no quiero que las tenga, porque igual no está bien, entonces es mejor que no lo cuente".
Hermelinda les dice que les ha mentido, que su marido tiene una amante, que sus hijos están en el paro, que su hija no le coge el teléfono.
"Pos anda que lo meo", tercia la Salustiana.
Cuenta, cuenta, le dicen sus amigas.
Bueno, pues es que, la Salustiana, después de mucho insistirle, me lo contó a mí, y, claro, yo no sé si debo contarlo, porque es complicado y además yo no sé cómo lo llegarías a tomar, porque ya pasó mucho tiempo y, en fin, es revolver el pasado, así que mejor no contarlo. O sí, porque también es bueno que lo sepáis, aunque tenga consecuencias. Seguro que yo os lo debía contar. Pero no lo sé. No estoy seguro.
De todas formas, si alguno de vosotros tenéis mucho interés en saber lo que le pasó a la Salustiana, yo no puedo negarme a contároslo y me lo comunicáis.
Pero, bueno, ante la incertidumbre que tengo, igual es mejor que la Salustiana siga diciendo: "Pos anda que lo meo".
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