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Repaso a la psicología optimista

2 de Septiembre del 2024 - Ángel García Prieto (Oviedo)

Hace no tantos años tuvieron un notable éxito popular en los Estados Unidos los libros de autoayuda y los cursos que el psicólogo Martín Seligman difundió con el sello de su psicología positiva, escuela que se preocupó más por trabajar las raíces de la felicidad humana que las causas de la patología mental.

Cuando vino a España a presentar su libro "La felicidad auténtica", en una de las entrevistas explicaba el enorme aumento de la depresión y la ansiedad que sufren los ciudadanos de las sociedades ricas. Y basaba su hipótesis en los “atajos” que se pretenden seguir para conseguir la felicidad, como son por ejemplo las drogas, las compras, el sexo sin amor o la televisión, en detrimento de otros aspectos verdaderamente positivos de la vida, como el desarrollo personal y el sentido de la vida. Otra razón es que “cada vez pesa más el individuo y menos las colectividades. La familia cada vez es más pequeña, se desvanecen las ataduras a la nación, a la comunidad, al grupo religioso. Estas eran las instituciones tradicionales que nos apoyaban en los momentos difíciles, que a lo largo de la historia han sido las medidas antidepresivas más eficaces, y están desapareciendo”, decía.

En su libro se mostraba optimista respecto al futuro de la Humanidad, a pesar de que no estábamos pasando por el mejor momento. “Nos esperan unos meses difíciles –decía–. Pero ni Saddam fue Hitler, ni Osama (Bin Laden) fue Stalin, ni esta crisis económica es la Gran Depresión (...). El siglo XX fue el siglo de Hitler y de Stalin y de sus consecuencias, pero conseguimos vencerles”.

Tiene, incluso, una receta para la felicidad, que muy en resumen la articula en tres niveles. En primer lugar se trata de llenar la vida de posibles satisfacciones y compartirlas con los demás, describirlas, recordarlas y utilizar la reflexión para ser más consciente. “Pero este es el nivel más superficial. El segundo nivel, el de la buena vida, se refiere a lo que Aristóteles llamaba 'eudaimonia', que ahora llamamos el 'estado de flujo'. Para conseguir esto, la fórmula es conocer las propias virtudes y talentos y reconstruir la vida para ponerlos en práctica lo más posible (...). La buena vida no es esa vida pesada de sentir y pensar, sino de sentirse en sintonía con el ritmo de la vida. Creo que mi perro –añadía con sentido del humor– lo podría definir así: corro y persigo ardillas, luego existo”. El tercer nivel se basa en poner los talentos y virtudes personales al servicio de una causa más grande que uno mismo, para dar sentido a la propia vida.

Sugerencias amables de Martin Seligman, perspectivas no nuevas ni geniales, incluso elementales y antiguas si se quiere, pero con la sabiduría de lo que es capaz de trascender. Y que de una manera lamentable, a pesar de su sencillez, parecen olvidarse o al menos dejarse de lado, quizás por las prisas, por las exigencias de lo material y práctico, por una vida moderna que no parece darse cuenta de que el desarrollo, el futuro, lo nuevo tiene raíces en lo de siempre, en lo antiguo, en lo que siempre hubo de bueno.

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