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Dicen que la modo viene de París

6 de Septiembre del 2024 - J. J. J. Suárez González (Gijón)

Emmanuel Macron, el actual presidente de Francia, es un judío que fue alto empleado de la Banca Rothschild, también judía, y su padrino político es el barón de Rothschild, también judío. Macron se afilió al Partido Socialista Francés y, no se sabe muy bien cómo, llegó a asesor del entonces presidente socialista François Hollande, de ahí pasó a ser ministro de Economía en el gabinete socialista. Cuando Hollande cayó en desgracia, entre otros asuntos, por sus correrías sexuales, Macron abandonó el PSF, del que era militante, y fundó primero un partido, ¡En Marcha!, para posteriormente dimitir como ministro y dejar a Hollande en la estacada. Siempre con el apoyo de Rothschild, se presentó a las presidenciales y ganó a la candidata ultraderechista Marine le Pen, mientras el PSF quedaba reducido a la mínima expresión en Francia. Merced a una pésima gestión de sus gobiernos y de su propia dirección política, Macron logró el hito de pasar de ser el político mejor valorado, cuando era ministro de Economía, al presidente peor valorado en Francia desde la Segunda Guerra Mundial. En el interior, el desastre de la gestión con la inmigración y, en el exterior, todo lo que ha pasado en África, de donde han echado a los franceses a gorrazos, sobresalen entre las múltiples fechorías de Emmanuel. Tras varias remodelaciones, el último primer ministro que nombró Macron antes de las elecciones fue el joven Gabriel Attal, también judío.

Como era lógico, en las elecciones legislativas francesas el partido Juntos por la República, de Macron y Attal, no ganó, pero tampoco ganó Reagrupación Nacional, el partido de Marine le Pen; para sorpresa de casi todos el triunfador fue el Nuevo Frente Nacional, una amalgama de movimientos y partidos políticos que se parece mucho, en sus chorradas y en su organización, a Podemos. En Francia, como en otros países de Europa, decían que había que hacer frente común contra la ultraderecha y el que más se hartó de repetirlo fue el propio Macron. Marine le Pen también decía que no quería saber nada de Macron, que estaba en contra de sus políticas migratorias, de enviar armas a Ucrania, etcétera. Pero hete aquí que el presidente tenía que nombrar un primer ministro, un jefe del Ejecutivo que tiene que contar con mayoría para poder gobernar. Recordemos que Sánchez tampoco ganó las elecciones, pero en las democracias parlamentarias así son las cosas. Si Macron propone a su pupilo, Attal, como primer ministro no lo votaría ni el Nuevo Frente Popular ni Reagrupación Nacional. Proponer a Marine le Pen, después de todo lo que Macron ha dicho de ella, sería demasiado grosero, y el presidente, del que sabemos a quien sirve, tampoco va a proponer a un "comunista", aunque proponer a Mélenchon, que ganó las elecciones, y luego pactar para que Juntos por la República le facilitara la mayoría parlamentaria a cambio de algunas cesiones sería lo más higiénico y lo más democrático. Pero no. Tras "conversaciones" con Marine le Pen, de cuya formación necesitan los votos, el presidente ha propuesto como primer ministro a Michel Barnier, un tipo de derechas de la formación Los Republicanos, que han quedado los últimos en las elecciones. Todo era un paripé. Ahora la ultraderechista, que decía estar en contra de enviar armas a Ucrania, pacta con el judío que se acaba de entrevistar con el otro judío, que no convoca elecciones presidenciales en Ucrania, y ha salido con el encargo de convencer a los demás líderes europeos de autorizar ataques en la profundidad de Rusia. Mi conclusión es que esto es un golpe de Estado institucional y que está claro quién manda en Francia, que no son los electores franceses ¿Y en Europa? Sus conclusiones sáquelas usted mismo, pero recuerde que dicen que la moda viene de París.

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