El luto
Hoy, cuando estaba ensayando la canción de Aniceto con el acordeón en el despacho, entró mi mujer sin par, toda vestida de negro.
“Cómo me queda”, me preguntó, pues tenemos una boda el mes que viene.
“Espectacular”, le respondí, “te hace más delgada”. “El negro te favorece, te sienta muy bien, ya me puedo morir”.
“No pienses que me voy a poner de luto cuando te mueras”, me dijo.
“Bueno, si lo llevas por dentro”, me conformo le dije en plan de broma.
Todo este diálogo me lleva al recuerdo de la forma que se llevaba el luto en los pueblos en mis primeros años de vida.
En primer lugar, yo, que saqué el grado de monaguillo con seis años (¡vaya precocidad!), acompañaba a D. Faustino, el cura, a llevar el Viático e imponer la extremaunción al enfermo o enferma que estaba postrado en la cama. Salíamos de la capilla andando, el cura vestido de negro con la hostia consagrada, el agua bendita y los santos óleos. Delante iba yo vestido de blanco con una campanilla tocándola de forma intermitente.
Si encontrábamos hombres o mujeres por el camino, se arrodillaban ambos con los brazos cruzados al paso del Viático. Era una escena berlanguiana.
Bueno, pues, cuando la persona fallecía, se instauraba el luto en los familiares. Si era un hombre el que fallecía, la viuda guardaba el luto dos años toda vestida de negro y prácticamente sin salir de casa. A partir de los dos años se vestía de “alivio” y ya se podían poner vestidos menos oscuros.
Si el hombre quedaba viudo, el luto no era tan riguroso y se le cosía un botón negro en la solapa de la chaqueta o se ponía un brazalete también negro. También podía salir al chigre y divertirse. (Siempre hubo diferencias y hoy en día también).
Como en las casas había muchos familiares, sobre todo tíos y tías solteros, aparte de los abuelos, el luto estaba perenne y presente durante toda la vida. Había chicas jóvenes que tenían muchas ganas de ir a las fiestas y rezaban a Santa Rita, que es la abogada de lo imposible, para que no se muriera el tío o la tía enferma y si no se lo concedía rezaban el responso a San Antonio para encontrar marido.
El velatorio en las casas era también una gran reunión de vecinos sobre todo mujeres que ensalzaban las virtudes del muerto.
También se le daban recados al muerto para que anunciara hechos o nuevas a los parientes fallecidos.
El aparato de radio no volvía a encenderse, ni siquiera para escuchar el “parte”, hasta pasado un año y se rezaba el rosario todos los días, además de encargar y pagar al cura unas cuantas misas.
El color negro para el luto en la religión cristiana fue instaurado por los Reyes Católicos, pues, anteriormente era el blanco y se señalaba que la mujer debía encerrarse en su habitación y poner cortinas negras y también moquetas del mismo color.
El luto en otras creencias o religiones es distinto. En China y Japón es el blanco y en Sudáfrica el rojo.
Bueno, y ya para terminar, aunque podría contar muchas más cosas (otro día será), voy a despedirme con un poco de humor.
Era una viuda que se lamentaba a viva voz por su marido muerto y decía: (La expresión “meo fiyo” se utiliza mucho en señal de cariño o cercanía)
“Ay, meo fiyo, vas pra unde hai frio.
Ay, meo fiyo, vas pra unde nun hai luz.
Ay, meo fiyo, vas pra unde nun hai pan.
Ay, meo fiyo, vas pra unde nun hai agua”.
Y el amigo, que era de Tapia de Casariego y estaba al lado, dijo él:
“Guei, este va pa mi casa”.
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