Así está la cosa
Hubo una época en que el alma dependía solo de su esencia para representar al ser humano, pero este fue capaz de someterla a sus mundanas condiciones hasta conseguir lo que parecía imposible, moldearla a su antojo, que sufriera humillación y rechazo por su presencia pues no existiría alma inmune a las heridas infligidas por el odio irracional generado por las creencias o el color del cuerpo que la alberga, su más digno refugio en esta vida. Pasado el tiempo el hombre renunció al honor de este condenado invento que lo precipitaba sin remisión al caldero de Satán y decidió que la indigna condición de estas almas no era fruto de su perversa imaginación sino de a propia creación. Así está la cosa a la espera del juicio final, que será quien decida lo que estuvo bien y lo que estuvo mal.
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