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El asunto de los prospectos

3 de Octubre del 2024 - Javier Cortiñas González (Villaviciosa)

Reconozco que tengo un problema con las instrucciones de los medicamentos, cada vez más largas y complejas. El prospecto que acompaña a la medicina que me han recetado últimamente se parece más a un libro de instrucciones de cualquier electrodoméstico que a un sencillo folleto informativo. Una vez desplegado es del tamaño de una hoja del periódico "Times", un papelón de sesenta centímetros de largo por cuarenta de ancho donde un miniaturista tendría sitio donde escribir cinco novelas, por lo menos.

Dicen que son así para que los pacientes tengamos una idea más completa de lo que tomamos, recordar la dosis, los posibles efectos adversos, contraindicaciones, etcétera, además de poder informar al médico de alguna observación que no se le haya comunicado previamente en la consulta, puesto que no puede adivinar lo que no se le dice o se le olvidó preguntar. Por este motivo tengo la manía de leer de cabo a rabo los folletos de todo lo que tomo. Y, aquí es donde empiezan las dificultades, tontas pero fastidiosas, primero al tratar de sacar el folleto de la caja, porque casi siempre la abro por el lado equivocado. A continuación, intento desdoblarlo con mucho cuidado, procurando fijarme en sus dobleces, traicioneramente simples en apariencia. Pero, a pesar de poner en ello los cinco sentidos, apagar la TV o la radio para estar lo más concentrado posible, se pueden contar con los dedos de una mano las veces que he conseguido plegar uno a la manera original. Siempre aparece algún doblez engañoso, que lo descompone y lo impide. He llegado hasta a numerar los dobleces, para ir siguiendo el orden consecutivo, pero ni por esas. Después de intentarlo varias veces, aburrido, trato de meterlo como puedo en la caja para comprobar que no cabe. Porque, si el plegado original tenía unos pocos milímetros de espesor, con la manipulación ha adquirido el equivalente a un tomo de enciclopedia, transformado en un complicado rebujo de papel.

Luego sobreviene la desazón, después de leer para qué sirve lo que me han mandado tomar, al tener que enfrentarse uno a conceptos que no son fáciles de entender cuando se carece de conocimientos médicos que superan los de un simple catarro. Desazón que va en aumento al adentrarme en lo que necesito saber antes de empezar el tratamiento y tener que responder a un cuestionario donde se listan toda una serie de enfermedades, etcétera, incompatibles con la medicación propuesta, que me obliga a repasar mi memorial de padecimientos desde la más tierna infancia: varicela, anginas, vegetaciones, asma, rinitis, beriberi, escorbuto, etcétera. Menos mal que no estoy en edad fértil, ni embarazado, ni practico la lactancia natural.

Pero la cosa cuando se pone espesa de verdad es al leer lo relativo a las advertencias y precauciones de si tengo, he tenido o posiblemente pueda tener síntomas de sudores fríos, palpitaciones, flojera, etcétera. Entonces empiezo a figurarme que sí, que a lo mejor tengo algunos de esos síntomas y no me he dado cuenta hasta ahora. Vamos, lo más adecuado para mi carácter aprensivo o hipocondriaco. O cuando se refiere a si he tomado o sigo tomando hierba de San Juan o "hipericum perforatum", de la que no he oído hablar en mi vida, porque las que más conozco son la hierbabuena y esa otra que se fuma. Por no mencionar la advertencia de si tengo o puedo tener conductas anómalas con el alcohol, pregunta confusa, porque aparte de beberlo no se me ocurre qué más se puede hacer con él, o sobre si considero que tengo una conducta promiscua, cuestión más propia para tratar en un confesionario o en una consulta de psiquiatría.

Normalmente, suelo pasar sin más en lo referente a cómo tomar el medicamento prescrito. Las instrucciones más fáciles son las que tratan de cápsulas, píldoras o jarabes. Sin embargo, cuando se trata de supositorios -por suerte, casi en desuso, según dicen, inventados por los romanos, ¿no se podría considerar el hecho como el primer signo de su decadencia?-, porque aparte de las recomendaciones expresas de no masticarlos, no se indica de manera precisa cómo se deben de introducir si por el extremo redondeado o por el plano. Parece mentira que a estas alturas del siglo XXI esta duda todavía no esté resuelta de manera satisfactoria, bastaría simplemente con tener los dos extremos de la misma forma. Sin embargo, las explicaciones más complicadas tienen que ver con aquellas medicinas que se administran por medio de artilugios especiales con botones, ranuras, contadores de dosis, que suministran los medicamentos por vía nasal u oral. Suelen venir acompañados de figuras con indicaciones para soplar o aspirar una o varias veces seguidas hasta quedarte cianótico en el intento, acompañado además de toses, atragantamientos y vértigos, cuyo efecto terapéutico se debe más a evitar los malos trances de su administración que al principio activo.

Por si no fuera suficiente, de postre, viene todo lo referente a los posibles efectos adversos del medicamento en cuestión. Donde tratan de tranquilizarle a uno de la baja frecuencia o probabilidad de que ocurra algo catastrófico, como pasar a mejor vida, si bien se advierte de que una vez al menos lo podremos tomar. Pero lo que no me tranquiliza es que sea yo el único en un millón de casos al que le toque la fúnebre lotería y no al vecino.

Recuerdo de mi estancia en Inglaterra, cuando recogía en la farmacia el frasco de cristal con las pastillas que me habían recetado, en él figuraba el nombre del medicamento, el mío y la dosis. Era lo más parecido a la pócima que te obligaba a tomar el hechicero de la tribu.

Qué tiempos aquellos, cuando los médicos eran casi dioses. Te recetaban la medicación milagrosa, cuyo efecto placebo era a veces más importante que el ingrediente activo, y no se hacía caso del prospecto.

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